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Soy orgullosamente parte de los 40 años de vida del CONAFE.

Por:   José Antonio Martínez Gutiérrez

El CONAFE cumplió 40 años de existencia, motivo por el cual deseo compartir una muy grata  experiencia.

Por allá del año 1996, éste párvulo intento de “escritor”  se perfilaba  a iniciar una aventura como instructor comunitario del CONAFE.        Inspirado por el deseo de ser  arquitecto o ingeniero civil,  pero con la mella económica  que goza la mayoría de las familias mexicanas,  decidí entre mi necesidad y la incertidumbre de una experiencia ajena a mi vida,   cumplir con el servicio social  que  me premiara al final con una beca de estudio.

Para aquellos que  desconocen la vida y obra del CONAFE les cuento que es una institución cuyo objetivo es llevar educación Básica a las comunidades marginadas del País, esas que no reciben la garantía natural del artículo tercero  por  el hecho de no contar con un número obligatorio de niños para que gocen del servicio educativo básico.

Les cuento además que los encargados de llevar el servicio educativo son jóvenes egresados de secundaria o  bachiller.    Reciben una compensación mensual durante el servicio y la comunidad está comprometida con su alojamiento, seguridad y alimentación.

Al final del servicio se llevan una beca de 3 años que se sostiene solo si  se encuentran estudiando.

Ahí comenzó.   Una comunidad de mi originario  Balancán, Tabasco, municipio que hasta en ese entonces no sabía que tuviera comunidades tan marginadas (y sigue teniendo).     Después de una capacitación de mes y medio en el periodo de verano, me fui  con la idea de aguantar lo más que pueda,  de soportar cuanto me llegara.  ¡De no rajarme vaya!      Era Plan de Guadalupe (El hormiguero), Balancán, Tabasco lugar donde me correspondía estar todo un ciclo escolar atendiendo niños del Curso Comunitario (primaria).

Me recuerdo caminando el tramo de 7.6 km de la entrada  a la comunidad misma.   Mi ignorancia lógica  de lo que me esperaba no me permitió imaginar el “pequeño” tramo que me esperaba.

Con la maleta y el portafolio que  vestía (o disfrazaba) mi imagen como  si fuera un verdadero maestro,  llegué a la comunidad hecho una verdadera sopa.     En la inmadurez de mis  16 años, busqué al presidente de la APEC (Asociación Promotora de Educación Comunitaria) y me presenté como el  nuevo “maestro” de la comunidad.     Fui recibido con calidez por don Miguel  Cruz Moheno  quien me permitiera conocer  la sensibilidad y respeto profundo que muchos ciudadanos del olvido guardan para con el prójimo.

Me ofreció vivir con ellos en su casa,  pero decidí vivir en la escuela, decisión que hoy no entiendo,  pues aunque  era  bonita y muy cuidada,   tenía la mitad de sus paredes  sin proteger.

El primer día de clases llegaron mis alumnos.    Con mi programación diaria lista (planeación) empecé la jornada.    Eran 12 peques, muy tímidos (igual que yo en ese momento) que sin “querer queriendo” fuimos rompiendo el hielo (yo incluido),  platicando de nuestras vidas,  de lo que nos gusta, de lo que hay en esa comunidad, de nuestras familias  y mucho más…

Así corrieron los días entre las clases y aventuras,  entres pescas y cosechas, entre comilonas y carencias, entre amigos y familia.   Sin  darme cuenta me sentí muy integrado a la maravillosa rutina de esa  pequeña comunidad  formada por  2 familias.    Es que  con tanto aprecio y cariño recibido no te van  quedando  más opciones. 

Además,  comprendí que sobre mis hombros estaban seres humanos que me necesitaban,  que la  beca resultaba algo secundario cuando te sabes importante para aquellos que son desprotegidos.    Lo más importante del asunto fue reconocer que me apasionaba cada escalón del conocimiento que esos mis primeros peques podían subir, que los retos se superaban con la paciencia y  atención desinteresada.     No hubo para más… ¡Tenía que ser maestro!

Hoy ciertamente soy docente de educación primaria.     Y como bien dijera el buen German Dehesa (Q.E.P.D) …sé que sería capaz de pagar por una experiencia así.

Quiero resaltar amigos que hoy por hoy el CONAFE continua llevando educación a los niños olvidados del País.   Que ha cumplido con muchos tantos logros en materia educativa rural,  sin embargo, aún representa una institución con muchas necesidades que se reflejan en el poco avance de sus resultados (Según ENLACE),  pero que son demasiados si son  comparados con la labor de nosotros,   ya maestros en servicio.   

La tarea del CONAFE tiene que ser valorada desde la perspectiva social que le justifica, es decir, llevar educación a los marginados rurales y,   en la tarea apoyar a jóvenes para que continúen  su formación como fuera mi caso.    

Deseo entonces más aniversarios del CONAFE,   pero más deseo el suelo parejo para los niños que atiende y que merecen las garantías constitucionales propias del hecho de ser mexicanos,  algo ya bastante complicado en el México de las injusticias y desigualdad social.