SEP: ¿escuelas libres de exámenes?

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Los exámenes se usan sin una razón debidamente sustentada en lo pedagógico, y sin un sentido educativo claro o a favor de los aprendizajes.


Un tema que se ha discutido durante muchos años en el ámbito educativo, quizá desde hace décadas, es la pertinencia y fundamentación pedagógica en torno a los “exámenes”. Con frecuencia y en la vida cotidiana las y los docentes nos preguntamos: ¿qué son los “exámenes” en un sentido educativo? ¿Sirven efectivamente a los propósitos de la enseñanza hoy en día? ¿Para qué y por qué aplicar exámenes en todas las escuelas, institutos, centros, universidades y demás espacios educativos sin una argumentación sólida acerca de su sentido pedagógico?

Lamentablemente, esa es una discusión que no se ha agotado ni se ha dejado como registro histórico de las prácticas docentes y educativas del pasado, sino que es un tema actual de debates, porque las prácticas docentes en todos los niveles y modalidades educativos reivindican al examen como el instrumento principal para evaluar los aprendizajes. Además, a nivel internacional existe una fuerte discusión sobre la viabilidad de los exámenes estandarizados. Sin embargo, los argumentos a favor de ese tipo de instrumentos de evaluación (exámenes) generalmente son débiles.

Comparto a continuación algunas críticas clásicas y sustentadas en estudios serios (pequeña muestra) acerca de los exámenes como instrumentos válidos, o no, para evaluar los aprendizajes escolares:

Alfie Kohn (1999) señala que los exámenes estandarizados fomentan un aprendizaje superficial, ignoran el proceso de razonamiento y miden solo hechos temporales, no comprensión profunda. Son sesgados contra estudiantes de bajos recursos, reducen la calidad de la enseñanza al priorizar la preparación para pruebas y generan inequidad, afectando más a minorías.

Diane Ravitch (2010) afirma que las pruebas de alto impacto (high-stakes) estrechan el currículo (escolar), promueven la enseñanza para la prueba en lugar de aprendizajes significativos, incentivan trampas y perpetúan desigualdades socioeconómicas, sin mejorar realmente la educación.

Anya Kamenetz (2015) escribe: los exámenes estandarizados son obsesivos y dañinos, ya que no miden cualidades como empatía, pasión o curiosidad; generan ansiedad, discriminan por contexto cultural y llevan a “enseñar para la prueba” en detrimento de un aprendizaje integral.

Martin Carnoy, en The Quality of Education and Economic Development (coautor), indica: las evaluaciones como el Programa Internacional de Evaluación de Estudiantes (PISA, por sus siglas en inglés) tienen debilidades en diseño, enfoque y uso político, no capturan la complejidad educativa y pueden perpetuar inequidades al priorizar métricas estandarizadas sobre contextos locales.

Para David Jaffee (2012), estudiar para exámenes equivale a memorización temporal, no a retención a largo plazo ni comprensión; los exámenes no evalúan el aprendizaje real y desmotivan el pensamiento crítico.

Robert Sternberg, psicólogo cognitivo, autor del libro Enseñar a pensar, entre otros, dice lo siguiente: Los exámenes estandarizados son “anticuados” y no miden pensamiento crítico, creativo ni práctico; favorecen a quienes son buenos en formatos múltiples-choice (opción múltiple), pero fallan en predecir éxito real en la vida.

Las críticas comunes e históricas a los exámenes estandarizados y a los exámenes rutinarios locales, sobre todo, incluyen observaciones sobre sesgos socioeconómicos, promoción de memorización sobre creatividad y efectos negativos en la equidad educativa.

Hasta aquí las citas textuales de las y los críticos y estudiosos de los procesos educativos. Pienso que el examen es un camino no tanto para identificar los avances de un estudiante con respecto a determinados contenidos y su relación con los saberes, sino que es un camino más práctico y lineal, más fácil y simplificado, para determinar una calificación con un sentido administrativo, no académico.

En las escuelas, en términos generales, se recurre a los “exámenes” de opción múltiple (que me recuerdan la sátira popular y creativa en la que se utiliza la frase Ave María dame puntería), porque se pusieron de moda hace miles de años en las escuelas modernas del siglo XX, pero se usan sin una razón debidamente sustentada en lo pedagógico, con un sentido educativo y a favor de los aprendizajes (claro que esto también lleva a preguntarnos: ¿Qué es “lo pedagógico”? Asunto que abordaremos en otra ocasión).

Por eso, hoy en día se habla cada vez más -sin ser una hegemonía- de “evaluaciones formativas” y no tanto de “exámenes” con intenciones de control escolar. En México, la Ley General de Educación (LGE), reformada en 2019, establece lo siguiente en su artículo 21 sobre la evaluación en las escuelas: “La evaluación de los educandos será integral y comprenderá la valoración de los conocimientos, las habilidades, las destrezas y, en general, el logro de los propósitos establecidos en los planes y programas de estudio.” Y el Acuerdo 10/09/23 de la SEP, en su artículo 4, XI, define así a la evaluación de los aprendizajes: “Emisión de un juicio realizado por el personal docente, basado en el análisis del conjunto de evidencias de todo el proceso de enseñanza aprendizaje”.

En algunas instituciones educativas, al complejo proceso de evaluación de los aprendizajes se le simplifica con el nombre de “examen”, cuando el examen en realidad es una manera de evaluar, de ponderar, de retroalimentar o realimentar, mas no es la única.

También, se usan los exámenes llamados “abiertos”, en los cuales se pide a las y los estudiantes que contesten de manera amplia y argumentada a preguntas o para abordar temas, contenidos o saberes determinados a través de problemas situados que están marcados o establecidos en el programa o los programas de estudio. La manera de interpretar las respuestas a este tipo de exámenes es también motivo de controversia. ¿Realmente los exámenes de este tipo constituyen una solución al desafío profundo que encierran los procesos de evaluación?

De manera similar a los letreros que aparecen en las entradas de algunas escuelas o edificios públicos, que a la letra dicen: “Edificio libre de humo de tabaco” o “Escuela libre de consumo de drogas”, imagino que en el futuro en las escuelas se colocará una leyenda, en su entrada principal, que diga más o menos así: “Escuela libre de exámenes”.

Alguna vez escribí lo siguiente, en un texto dedicado a caracterizar la labor docente: ser docente será, algún día no muy lejano y de la mano con la utopía, una figura educativa clave en la creación de las escuelas libres de exámenes, cuando estos pierdan sentido.

X: @jcma23 | Correo:[email protected]


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