Antón Semiónovich Makárenko fue un reconocido pedagogo ucraniano-soviético que impulsó la idea de que lo colectivo era una herramienta educativa de vital importancia en el ser humano, de ahí que la Colonia Gorki se convirtiera en el centro de su enfoque pedagógico, ya que su objetivo era que los jóvenes “descarriados” se convirtieran en ciudadanos productivos a través de lo él denominó “educación colectiva”. De hecho, una de sus principales obras fue “Poema pedagógico”, donde precisamente narra la experiencia adquirida en el trabajo con jóvenes de esa u otras colonias.
La entrada a este texto resulta interesante, porque, hace unos días, la búsqueda en internet de este pedagogo se incrementó por la tragedia ocurrida en Lázaro Cárdenas, Michoacán, cuando un adolescente de 15 años de edad arrebató la vida a dos profesoras al interior de la preparatoria Makárenko: las maestras María y Tatiana. Sí, qué irónica es la vida en algunas ocasiones y aquí el más claro ejemplo de ello. Y bueno, sobre esto último mucho se ha dicho recientemente, sin embargo, hay un tema que particularmente me preocupa y por el cual pretendí escribir algunas líneas con la idea de propiciar la reflexión sobre esto que conocemos como docencia.
Desconozco el origen de la frase que recurrentemente ha estado apareciendo en redes sociales derivado del trágico suceso de la preparatoria Makárenko que brevemente he señalado: “que los repruebe la vida”; frase que puede tener muchas interpretaciones, pero, si la ubicamos en la tragedia ocurrida en ese plantel educativo, pareciera que adquiere un sentido de irresponsabilidad que no es propio de la docencia. Me explico.
Leí con atención diversos textos y escuché a varios creadores de contenido emplear esta frase para señalar que las y los maestros “no se metieran en problemas” cuando se tuvieran alumnos con ciertas características que dificultan el proceso de enseñanza y de aprendizaje en las aulas o salones de clase, asunto que me preocupó bastante, porque, pareciera ser que quienes ejercen y ejercemos esto que en los últimos años hemos llamado docencia, nos olvidamos que nuestro quehacer suele ir más allá de ese proceso de enseñanza y de aprendizaje. La razón es muy sencilla: la interacción entre seres humanos imposibilita (o debe imposibilitar) dedicarnos única y exclusivamente a dar clase y punto.
Sí, es cierto, reconozco que hay problemas estructurales que rebasan el actuar o la posible autoridad que debería tener el docente en el aula, pero invitar, tal vez, a no hacer nada me parece, insisto: una irresponsabilidad mayúscula.
Lo ocurrido en la preparatoria Makárenko el día y hora en que se dieron los hechos, fue la parte visible de un gran problema que tenemos como sociedad enfrente y que, desafortunadamente, ha ido en aumento. Riesgosamente, muchos, pero muchísimos actores sociales se lavan las manos ante un incremento considerable, por ejemplo, de la violencia. Muchos padres dejan de ejercer su paternidad cuando le entregan a su hijo un televisor, un celular, una tableta o un videojuego (violento) sin la menor supervisión o, en su caso, sin el menor diálogo sobre su contenido. Muchas autoridades permiten y hasta favorecen la industria que distribuye ese contenido (violento) sin que se exija la normativa respectiva. Muchos gobiernos fingen demencia y/o maquillan cifras sobre los índices de violencia que se acrecientan día tras día porque, para ellos, nunca pasa nada o, sí llegase a pasar, es culpa de la oposición en turno.
Ante esto, la escuela, ese espacio donde el encuentro no solo es pedagógico, es receptora de todo lo que la misma sociedad está construyendo y reproduciendo. Aquí no importa el nivel educativo, porque desde preescolar hasta la universidad, las y los alumnos evidencian lo que del mundo están aprendiendo, obvio, sin perder de vista que la familia es el primer agente socializador y la responsable de este proceso inicial. Es, en este espacio escolar, donde las o los docentes adquieren un papel central; olvidémonos por un momento del código de ética impuesto por la Secretaría de Educación Pública (SEP), olvidémonos por un momento de las funciones del personal docente adscrito a la SEP, olvidémonos por un momento de esos papeles hechos desde un escritorio y cuyo carácter es más administrativo que pedagógico. Pensemos en lo que implica la profesión y la docencia con todo lo que de ella se desprende.
No, la docencia no solo es lo pedagógico, aunque es un elemento central que la mueve; la interacción constante que, si bien es cierto se fija en un objeto de conocimiento, le otorga a dicha docencia de un sentido único que la diferencia de las demás profesiones. Sí, no solo se trata de transmitir conocimientos, sino de generar las posibilidades para que el alumno despierte ese gusto por aprender, pero también, para que pueda entender y discernir lo que a su alrededor sucede. Justamente en medio de este proceso, el diálogo es fundamental para el desarrollo de un pensamiento crítico.
No, “que los repruebe la vida” no es la solución, porque, guste o no, todas y todos somos parte del problema y todas y todos somos la solución.
Sí, el dolor de las familias de las maestras María y Tatiana es inmenso; su muerte ha dejado un profundo vacío en sus seres queridos, en sus estudiantes y en el sistema educativo. Por lo que respecta a Osmar N., presunto adolescente homicida, deberíamos considerar que, como tal, tiene una historia que hablará de un sinfín de eventos que lo llevaron al lugar de los hechos el día y hora señalados. ¿Qué pasó en su infancia en su seno familiar?, ¿qué tipo de educación le dieron sus padres?, ¿cuáles son sus antecedentes escolares y de qué manera la escuela y profesores actuaron ante posibles conductas disruptivas si es que llegó a manifestarlas?, ¿qué información le está haciendo llegar la sociedad y el mundo entero a las y los adolescentes y jóvenes?, etcétera, etcétera, etcétera.
Sí, la presidenta Sheinbaum tiene razón, esta situación requiere de una atención integral más allá de los castigos y sanciones, pero, por favor, con un programa de salud mental como el que se está proponiendo no se atiende un problema que, insisto, es estructural y de importantes magnitudes.
Particularmente, me pareció bastante desafortunado que, tanto la Secretaría de Educación de Michoacán como la SEP federal, emitieran escuetos comunicados sobre los trágicos acontecimientos señalados en la preparatoria Makárenko, sin embargo, lo que fue bastante, pero bastante decepcionante, es que en ningún momento se hiciera un digno reconocimiento a las dos profesoras que perdieron la vida en su centro de trabajo, independientemente de que hayan laborado en un plantel educativo de carácter privado. Fue una insensibilidad que no tiene…. nombre, como tampoco tiene nombre el que haya hecho acto de presencia Mario Delgado en ese estado hace unos días y que no se haya pronunciado. ¿Humanismo mexicano? ¡Si, cómo no!
Insisto en “que los repruebe la vida” no es ni será la solución; pienso que la exigencia de que todo, pero absolutamente todo el magisterio debe gozar de las mejores condiciones para realizar su función no debe disminuir, por el contrario, ese magisterio tendría que hacer visible todo aquello de lo que adolece para ver si con ello al gobierno, de cualquier color o bandera, no le arde la cara de vergüenza.
Al tiempo.
