Mercado de Lágrimas

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Sin duda la telenovela Arriaga-SEP fue un show completo que nos hizo revivir, paso a paso, aquel “Mercado de Lágrimas” famosísimo sketch de los años 80…


Antes de que “El mencho” y su neutralización nos aporreara una escena de verdadero terror en muchas regiones de México, tuvimos en nuestro país una telenovela dramática, al más puro estilo de la televisión clásica de antaño, con todo y escenas para reír y llorar; un mundo color de rosa en comparación con lo que vivimos este fin de semana. Antes de esta sacudida, vimos en el sector educativo mexicano desde el viernes 13 y hasta el otro viernes 20 de febrero una auténtica pachanga como dice la prédica popular. Funcionarios parapetados en las oficinas, las voces furibundas de la oposición, tiktokers y edutubers subiéndose al “trending topic”, medios de comunicación tradicionales y digitales haciendo guardia en una dependencia pública y hasta conspiranoicos que afirman que los libros de la NEM fomentan el “espiritismo” y el “chamanismo”, entre otras interpretaciones que ni vale la pena recordar.

Sin duda la telenovela Arriaga-SEP fue un show completo que nos hizo revivir, paso a paso, aquel “Mercado de Lágrimas” famosísimo sketch de los años 80, donde César Costa o Paco Stanley presentaban con gran solemnidad tragedias absurdas; como bien recordarán, aquel segmento se caracterizaba por situaciones cotidianas elevadas a un nivel de tragedia absurda, donde los personajes lloraban desconsoladamente por nimiedades. De entre dos Marx que acumularon un maratón de 24 horas de “protesta con propuesta” y hasta los analistas de un “Tercer grado educativo”, no se hace uno.

Tirios y Troyanos, actores de la educación mexicana por igual, elevaron el desencuentro de cómo fue relevado Marx Arriaga y el arribo de su sucesora al nivel de catástrofe nacional. Ya nada más faltaba que, al puro estilo de Chabelo o Alejandro Suárez, rompiesen en un llanto caricaturesco ante las cámaras, recordándonos que en este país la política educativa se escribe más con guion de comedia involuntaria que con rigor pedagógico. Y lo peor de todo es que este show era de esperarse, porque para dilucidar con amplitud el tema de Marx Arriaga, los libros de texto, la NEM, el obradorismo, el papel de Mario Delgado y Claudia Sheinbaum, el plan 93 y el archifamoso Paco el Chato, entre otras novedades que se quedan en el tintero por falta de espacio necesitaríamos volúmenes completos dignos de transitar entre el thriller gansteril hasta la comedia pasando por el drama y la tragedia.

Pero para verdaderas tragedias, están las que vivimos padres de familia, maestros, alumnos, directivos, y todos los que estamos inmersos en el mundo educativo porque pese a tener más de 100 años con un sistema educativo que trató (y sigue tratando) de articular calidad con cantidad, al final del día, no alcanzamos a ver más allá de nuestros cinco dedos y entre la retórica insurgente, el boom mediático y la furibunda participación de los que aún creen en la fuerza de los maniqueísmos, el sistema educativo y especialmente la NEM parecen haber quedado reducidos a una “Carabina de Ambrosio”. Tal como cuenta la tradición popular, Ambrosio era un labriego que salió a defender lo suyo con un arma que no tenía pólvora ni perdigones; un objeto que de lejos imponía, pero que de cerca no servía para nada.

Así hoy, el debate no es si Marx Arriaga es o no un nuevo “Niño Héroe” defenestrado por defender el legado “obradorista” de la educación o si la SEP ya está vandalizada por las hordas del “maldito” neoliberalismo o el conservadurismo. Ni siquiera si la NEM merece o no tener un valor pese al esfuerzo de su construcción e interpretación. El foco tendría que ser, a juicio de un servidor, si efectivamente México está dispuesto a ver un plan educativo de largo aliento basado en las realidades de cada escuela o si opta por el pragmatismo que (dicho sea de paso) no suele ser partidario de ideologías o principios.

La NEM nació como una construcción que tenía la intención de ser el plan educativo definitivo de la era obradorista, pero se diluyó entre la burocracia y la imposición, así como la simulación. Se suponía, que este modelo anunciado con bombo y platillo, sería el arma definitiva contra la ignorancia y el atraso, pero a la hora de aplicarla en el aula, en muchos lugares se estrelló de frente con una parte de la realidad que no se había alcanzado a leer en el proceso de construcción de los contenidos y materiales. Si bien se tiene que agradecer y reconocer el esfuerzo y dedicación de todos los que estuvieron involucrados en el proceso, no podemos soslayar que dicho programa nació de la aplicación de un dogma social que menciona que nada o casi nada puede verificarse de manera cualitativa, que la calidad era un concepto abstracto y lejano de la realidad, que todo o nada podía ser igual de correcto o incorrecto según la visión de quien lo dijera o lo aplicara, que el neoliberalismo era el demonio causante de todos los males del país, se estuviera en Tijuana, Tuxtla Gutiérrez o Tampico.

Sin temor a equivocarme, el 90% de las escuelas de educación básica del país arrancaron la aplicación de la NEM a ciegas, totalmente confiando en su propia intuición y conocimientos empíricos y sin referentes que dijeran hacia dónde se caminaba y especialmente “cómo” se estaba caminando. El otro 10% seguramente son los colectivos que sí alcanzaron a comprender que el nuevo modelo educativo era una herramienta insurgente para liberar a México del neoliberalismo.

Y como diría Galileo; “y sin embargo, se mueve”.  Más allá de los reflectores, de los materiales y libros que algunos creen que “no disparan” (cual carabinas populares) y de las coreografías, existe una realidad inamovible que no cabe en un sketch de televisión: la del aula. Ahí, donde el ruido de la política y la grilla se apagan, surge la verdadera esencia de la educación.

No podemos olvidar que mientras los funcionarios pasan y las nomenclaturas de los planes cambian, el magisterio, las generaciones de alumnos y la escuela misma como un todo, permanecen. Son ellos quienes, con una creatividad que desafía cualquier carencia técnica, convierten las “Carabinas de Ambrosio” en herramientas de transformación en cada uno de sus alumnos. La esperanza no reside en el próximo boletín de la SEP ni en la siguiente tendencia de TikTok, sino en la capacidad de los colectivos escolares para mirar a sus alumnos a los ojos y decidir que, por encima de dogmas y simulaciones, el aprendizaje es un acto libertario que nadie puede confinar a un guion de comedia.

Al final del día, cuando el telón del “Mercado de Lágrimas” caiga, quedará el trabajo silencioso y valiente de quienes sí conocen su territorio, sí conocen a sus comunidades y creen que efectivamente la educación es la emancipación de la Humanidad. Pese a todo y a pesar de todo, México y sus escuelas son y seguirán construyendo su futuro, un paso a la vez, con la certeza de que la educación de fondo siempre será más fuerte que cualquier espectáculo de forma.