En política hay nombramientos que no sorprenden. Decepcionan. Pero hay otros que, además de decepcionar, ofenden. La llegada de Francisco Garduño Yáñez a la SEP es de esos.
No hay que olvidar que Garduño llega a la Dirección General de los Centros de Formación para el Trabajo a pesar de que sigue abierto un proceso judicial en su contra, a raíz de la muerte de 40 migrantes durante un incendio en la delegación del Instituto Nacional de Migración en Ciudad Juárez, ocurrido en marzo de 2023, cuando era titular de esa dependencia.
La pregunta es inevitable: ¿cómo es que alguien con ese antecedente obtuvo un puesto en el gobierno? ¿cómo le hizo para que sin trayectoria clara en temas educativos aterrizara en una de las secretarías más importantes del país? ¿Qué sabe Garduño de capacitación pedagogica, de Educación Media Superior, de planes de estudio?
En México lo sabemos: los cargos no siempre se ganan por mérito o capacidad, sino por cercanía. Cercanía con el poder, con los grupos correctos, con las lealtades necesarias. No es nuevo. Pero que esa lógica se normalice en la Secretaría de Educación Pública resulta especialmente grave. Porque la SEP no es cualquier oficina: es, o debería ser, una institución clave para el futuro del país.
Sin embargo, cada vez se parece más a un depósito de cuotas políticas, comenzando por el titular. La SEP ha pasado a ser un espacio donde se acomoda, se recicla o se protege a funcionarios que no caben en otro lado.
El verdadero problema es ese pragmatismo político que convierte a la educación en una repartición de parcelas, parcelas que estarán a cargo no de cualquier persona, sino de aliados, amigos o entenados políticos del gobierno en turno.
La SEP debería reunir a perfiles con sensibilidad pedagógica, con conocimiento real del sistema educativo y con capacidad para vincular la educación con la realidad. Solo de esa manera se podrá tener un futuro mejor. Sin embargo, parece que la intención es todo contrario: administrar oficinas, repetir discursos y pagar favores. Parece que en la propia SEP no han hecho suyas las palabras de Paulo Freire: “si la educación no es liberadora, el oprimido solo aspira a convertirse en opresor”.
Cuando la educación se vuelve botín político, deja de ser prioridad de estado y termina siendo una oportunidad personal.
La SEP podría ser determinante para el futuro. Podría ser un espacio de transformación real, de apuesta a largo plazo, de justicia social. Podría. Pero mientras siga funcionando como una agencia de colocación política, ese futuro seguirá postergándose.
