Escuelas que callan: cuando el dolor llega antes que la ayuda

Avatar de Hilario Vélez Merino

Entre un adolescente que hiere y otro que se hiere hay una misma pregunta sin respuesta: ¿quién lo miró a tiempo, ¿quién lo escuchó, ¿quién le enseñó que su vida importaba?


Dos ataques en dos días

El 30 de septiembre de 2026, un estudiante de 13 años entró con dos cuchillos a una secundaria de Querétaro e hirió a cuatro personas. Un día después, dos exalumnos de 18 años irrumpieron en una secundaria de Torreón con armas blancas y petardos: murió la subdirectora y otras cuatro personas resultaron heridas. Un recuento periodístico documenta al menos doce episodios graves con armas dentro de planteles mexicanos desde 2001, sin un patrón único: los responsables han sido alumnos, exalumnos y hasta un padre de familia.

Ninguna causa aislada, ni la salud mental, ni las redes, ni la familia, explica por sí sola un ataque. Pero la ausencia de explicación simple no puede servir de coartada. Lo que corresponde es examinar las condiciones que, combinadas, vuelven probable que el conflicto termine en sangre, y preguntar con franqueza si la política educativa las está atendiendo.

Una violencia que también hiere a los maestros

Se habla de violencia escolar como si fuera asunto entre alumnos. Los hechos recientes desmienten esa comodidad: una profesora en Monterrey, una maestra en Torreón, dos maestras en Michoacán y una subdirectora figuran entre las víctimas. Mientras tanto, se exige al magisterio lo que no se le provee: cerca de 35 estudiantes por docente en secundaria, frente a 13 en promedio en la OCDE, y “según un cálculo de Educación con Rumbo, el presupuesto federal de 2026 para ese programa equivale a unos 98 pesos por docente de educación básica”. Un Estado que destina esa cifra a formar a quienes deben detectar el sufrimiento adolescente no tiene prioridades; tiene discurso.

Valores, socioemociones y aprendizaje de la agresión

La agresión se aprende por observación e imitación de adultos y pares, y se refuerza cuando el entorno la tolera o la premia con reconocimiento grupal. Se suman la baja tolerancia a la frustración, la dificultad para regular impulsos y la falta de empatía. La violencia prospera donde se debilitan el límite claro, la dignidad del otro y la experiencia de pertenecer.

Una escuela que solo sanciona sin construir convivencia enseña obediencia, no respeto. Y el adolescente que solo se siente visible cuando agrede aprende que la violencia es una forma de existir ante los demás.

La familia: influencia, no sentencia

La tensión familiar, el castigo violento, la ausencia de límites y de acompañamiento elevan el riesgo; también lo hace la permisividad que normaliza la agresión. Pero el acoso aparece en todos los niveles socioeconómicos y muchos jóvenes de hogares difíciles no dañan a nadie. La familia es riesgo o protección, nunca destino. Culparla es la salida fácil de una institución que prefiere señalar al hogar antes que revisar sus propios vacíos.

¿Cómo se construye una mente agresora o suicida?

No existe fórmula, y hablar de “mentes” agresoras o suicidas engaña. La psicología describe trayectorias: rechazo y humillación sostenidos, aislamiento, sufrimiento sin quien lo escuche, dificultad para pedir ayuda, modelos violentos y acceso a medios para dañar. La ENCODAT 2025 reporta que 10% de adolescentes de 12 a 17 años presentó malestar psicológico en el último año, 3.3% ideación suicida, 1.9% planeación y 1.5% un intento. La encuesta de Mejoredu (levantada en 2022) halló que 28.3% de estudiantes de secundaria sufrió acoso.

Estas cifras no explican los ataques, pero revelan un sufrimiento amplio y mayormente invisible. Agresión y autolesión comparten raíces, como la desesperanza, la vergüenza y la sensación de no importar, y exigen la misma respuesta: detección temprana, escucha y acompañamiento. Los medios deberían evitar detalles de método y la glorificación de los agresores, por el efecto de imitación documentado.

Seguridad social, conflictos armados y discriminación

La escuela no flota fuera de su contexto. Donde la comunidad convive con armas y miedo, el niño aprende que el conflicto se resuelve por la fuerza; en 2004, un alumno llevó una pistola a clase porque la había comprado “para protegerse de la delincuencia”. La violencia armada en el territorio, y la guerra convertida en espectáculo, normalizan la lógica de amigo y enemigo.

Lo mismo hace la discriminación. Los discursos que deshumanizan al migrante, a la mujer, al indígena, al disidente o al pobre, y los gobiernos autoritarios que hacen del odio un método, legitiman la burla y la exclusión que luego se reproducen en el patio. No es un dato que explique casos concretos, y los móviles de Torreón y Querétaro siguen sin establecerse: atribuirlos a una ideología sin pruebas sería faltar al rigor. Pero sí es una condición cultural que erosiona el respeto, y las escuelas son el último espacio donde aún puede enseñarse, con práctica cotidiana, que la diferencia no es amenaza.

A ello se añade lo digital. Las autoridades ven similitudes en el comportamiento en redes y preparan un decreto para que las plataformas detecten y retiren contenidos que inciten a la violencia. Es razonable, pero insuficiente sin alfabetización mediática y sin adultos disponibles para conversar.

¿Están preparadas las escuelas?

No. Están preparadas de forma desigual y, en general, insuficiente. Un análisis posterior a los ataques recordó que en abril la SEP emitió un protocolo mínimo ante amenazas por el reto “tiroteo mañana” en catorce entidades, y plantea un sistema estatal de alerta temprana con orientadores y psicólogos, rutas de canalización a salud mental y coordinación permanente entre Educación, Salud, DIF y fiscalías. La carencia de fondo es que la mayoría de las secundarias no cuenta con personal especializado y los docentes cargan esa función sin formación.

La escuela es, además, víctima social: recibe la violencia comunitaria, la desigualdad y la desatención en salud mental, y se le pide resolverlas con plantillas incompletas. Reconocerlo no la exime; la sitúa como actor central, pero no solitario.

Lo que la NEM propone y lo que alcanza

El Plan de Estudio 2022 tiene fortalezas: coloca a la comunidad en el centro e incorpora la educación socioemocional, el pensamiento crítico, la inclusión, la interculturalidad crítica y la igualdad de género como ejes; el campo De lo humano y lo comunitario trabaja bienestar, identidad y servicio solidario. Pero un análisis académico advierte que, entre los enfoques de convivencia del Plan, los de clima escolar, prevención de la violencia y educación para la paz no se desarrollan en el documento. Es decir, el currículo habla de paz sin definir cómo se previene la violencia.

Las políticas recientes (“Cultura de paz en y desde nuestra escuela”, “El ABC de las Emociones” con una hora semanal, la plataforma Escuela Libre de Violencia, y tras los ataques un grupo de trabajo, asambleas con familias, buzones confidenciales y vigilancia de redes) llegan tarde y en gran medida reaccionan a la tragedia. El ABC se aplica sobre todo con jóvenes de 14 a 18 años, lo que deja sin cobertura directa a primero y segundo de secundaria, justo cuando los patrones de acoso suelen instalarse.

Mi lectura es severa: la NEM atiende bien el discurso y mal la infraestructura y el personal especializado. Una intención curricular no es una capacidad instalada. Acompañar emocionalmente a adolescentes exige tiempo, grupos reducidos, formación continua y especialistas; sin ellos, la educación socioemocional será un contenido más en una jornada saturada. Y aún no hay evidencia consolidada de que estas estrategias funcionen.

Hacia una escuela que cuida

  • Convertir la convivencia en proyecto comunitario: partir del diagnóstico socioeducativo y llevar la prevención al Programa de Mejora Continua y al programa analítico, no dejarla en campañas.
  • Orientación y atención psicológica reales en cada plantel, con rutas claras a salud mental.
  • Formación de docentes y directivos en detección de señales, primeros auxilios emocionales y manejo de crisis, con presupuesto acorde.
  • Trabajo con familias desde la corresponsabilidad, no desde la culpa.
  • Alfabetización mediática y digital frente a contenidos violentos.
  • Protección a los docentes: protocolos de seguridad y apoyo posterior a incidentes.
  • Coordinación permanente entre Educación, Salud, seguridad y desarrollo social, no solo en emergencia.

La escuela no puede resolver sola un problema que nace en el hogar, la calle, el territorio y la pantalla. Pero sí puede ser el lugar donde un adolescente encuentre a un adulto que lo mire, lo escuche y lo remita a tiempo. La pregunta de política pública no es si la NEM habla de paz, sino si se le dota de lo necesario para construirla un día cualquiera, en un grupo de treinta y cinco alumnos, a las 11 de la mañana.