El uso del celular en las escuelas: ¿prohibir, limitar o reeducar?

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Pienso que prohibir el uso del celular o las redes sociales en las escuelas no es la solución…


A principios de 2025, se informó que 79 países habían restringido o prohibido el uso de los teléfonos celulares en las escuelas con la intención de combatir la distracción, el acoso escolar y el ciberacoso; para marzo de 2026, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) señalaba que, al menos 114 sistemas educativos de todo el mundo, habían prohibido el uso de los celulares en los planteles escolares.

En algunos de estos estados o sistemas, dicha prohibición fue estricta. Por citar algunos de ellos encontramos a Francia, China, Países Bajos y diversas regiones de Estados Unidos. En Francia, por ejemplo, se extendió lo que se denominó “pausa digital” a más cursos, mientras que en China se solicitó el consentimiento de los padres por escrito para que se usara el celular con fines pedagógicos en algunas ciudades. Caso contrario ocurrió en Arabia Saudí, pues ahí se flexibilizaron las medidas que se habían tomado, debido a que algunos grupos de defensa de discapacitados demandaron que el celular se debía usar con fines o propósitos médicos.

Buena parte de la información sobre este tema, que ya de por sí viene generando un debate importante en nuestro país, puede consultarse en el Informe GEM (Global Education Monitoring) que elaboró la UNESCO; tema que recientemente volvió a poner en la mesa del debate el propio secretario de educación, Mario Delgado, cuando hizo un llamado para que se pudiera construir una regulación basada en evidencia y derechos humanos para el uso de las tecnologías en México.

Sobre estas cuestiones, Miriam Martínez, doctora en educación por la Universidad Iberoamericana, en una entrevista con periodistas de La Jornada, enfatizó su desacuerdo con una prohibición total de los móviles al comentar que este tipo de medidas no atienden el problema de raíz y por ello señaló como indispensable fortalecer la formación docente inicial y continua (las negritas son mías y más adelante explicaré por qué), así como impulsar procesos de alfabetización digital, tanto para padres como para docentes. Por su parte, Irma Villalpando, doctora en pedagogía por la UNAM, en un interesante artículo intitulado ¿Prohibir para educar? El caso de las redes sociales, propuso tres líneas de reflexión sobre los posicionamientos existentes en torno a dichas redes que, al final de cuentas, requieren también del empleo de un teléfono celular, identificando tres: a) argumentos de tipo liberal, b) los proteccionistas de tipo paternalista y c) los de naturaleza pedagógica; el último es, desde mi perspectiva, un asunto que no debería soslayarse, sobre todo cuando, citando a Biesta, la autora refiere que la prohibición de las redes sociales hasta cierta edad puede leerse como una negación arbitraria, pero, más bien, se trata del aplazamiento de un deseo y la interrupción de un impulso, por ello es que subraya que no se trata de suprimir la experiencia que se puede tener al emplear ciertas redes sociales, sino de programarla hasta que la persona pueda contar con mayores recursos cognitivos, emocionales y éticos para practicarla con responsabilidad.

Este cúmulo de ideas, que pueden aportarnos información valiosa y posicionamientos, por ejemplo, sobre el uso de celular en las escuelas, así como de las redes sociales por parte de niños, niñas y adolescentes, son de suma relevancia dada la vorágine de decisiones que se están tomando en el mundo entero. Nuestro país y, desde luego nuestro sistema educativo, no podría ni tendría quedarse atrás, porque en la actualidad vienen aconteciendo una serie de sucesos, tanto en el entorno escolar como en las propias instituciones educativas, que de verdad nos tiene que obligar a preguntarnos si es una necesidad que las y los estudiantes empleen el celular o las redes sociales en los planteles escolares, pero también, en sus hogares, sin la orientación o supervisión de sus padres. Veamos un ejemplo que viene al cuento.

En días pasados, como parte de esas visitas que suelo sostener con maestras y maestros de educación básica, acudí a una escuela primaria para dialogar con algunos de ellos. En tal ocasión fui testigo cuando una menor de sexto grado le expresaba a su compañerita que su mamá le había dado permiso de tener novio a través de Facebook. A pregunta expresa de la otra niña sobre si ya conocía al chico que era su novio, la respuesta fue un “no, pero ya somos novios”.

Esta breve situación evidencia la enorme necesidad de dialogar ampliamente sobre el tema, porque, si bien es cierto que hace unos años la idea de que la tecnología al integrarse, por ejemplo, en los sistemas educativos lograría transformarlos, la verdad de las cosas es que hoy día no ha sido así, pero sí ha generado diversas cuestiones que deberían preocuparnos.

¿Es necesario e indispensable el uso del celular para el abordaje de contenidos en un salón de clases? La respuesta que se tendría al respecto, por obvias razones, sería diversa, porque la o el docente, dependiendo del contenido a trabajar pudiera o no requerir del móvil para ese propósito. Entonces, ¿puede abordarse dicho contenido sin el uso del celular? La respuesta en inequívoca: sí. ¿Qué propició entonces que las y los estudiantes llevasen un teléfono a las aulas? No niego el tema de la seguridad que podría brindarles a las y los niños, así como también a los padres dadas las condiciones de diferente naturaleza en el país y de las propias familias, pero nada más. Sin embargo, alarma que, como padres y madres, no tengan o tengamos el criterio necesario para que sus hijas e hijos cuenten con este a temprana edad, sobre todo, porque su madurez cognitiva y emocional no favorece la toma de decisiones para, como he ejemplificado, puedan o no establecer una relación en las redes sociales.

Coincido con quienes afirman que la escuela es un espacio de socialización por excelencia. Socializar, en su sentido más amplio se refiere al proceso mediante el cual las y los alumnos interiorizan normas, valores, creencias y comportamientos de su cultura, permitiéndoles con ello el interactuar, integrarse y convivir armónicamente en sociedad, hecho que no sucede cuando el móvil se convierte en el eje central de interacción de la o el menor, porque, como es sabido, esta se da a través de una pantalla, es decir, con un sistema operativo y con una amplia gama de aplicaciones (hardware y software). En consecuencia, el uso excesivo de este último limita la interacción cara a cara tan necesaria en los seres humanos para generar empatía, desarrollar un lenguaje corporal o las habilidades sociales para la convivencia pacífica.

Desde mi perspectiva, limitar o prohibir el uso de los celulares en las escuelas tendría que pasar, primero, por una amplia discusión al respecto, misma que dé cabida a un posible esquema regulatorio sobre su empleo en las escuelas; esto, sin olvidar a las grandes empresas creadoras del contenido que consumen las y los estudiantes en su entorno inmediato. En segundo lugar, me parece bastante pertinente lo que la doctora Miriam proponía, sobre una amplia alfabetización digital para docentes, pero, principalmente, para padres y madres de familia.

Sé muy bien que la regulación abre una ventana para que aquello que se regula siga operando, pero en la clandestinidad, y ese sería otro tema que podría preocuparnos, porque, indistintamente, en nuestro país se ha cimentado una cultura donde el padre o madre de las y los pequeños, resuelve buena parte de su día a día poniéndole un celular o tableta en las manos; ahí es donde se encuentra un reto de enormes proporciones, por lo intricado del asunto.

Desde luego que no se trataría de educar a los padres y madres de familia, porque se supondría que su edad y madurez cognitiva le llevaría a hacer un ejercicio de conciencia sobre los beneficios y consecuencias que puede tener comprar un dispositivo de esta naturaleza a su hija o hijo, pero cuando observas que muchos de estos incentivan a que su pequeño o pequeña abra una cuenta en TikTok para que comience a crear contenido y con ello pueda monetizar, realmente te hace preguntarte si no estaríamos ante la enorme necesidad de reeducar a los paterfamilias.

En conclusión, pienso que prohibir el uso del celular o las redes sociales en las escuelas no es la solución del problema; un esquema regulatorio sería una parte necesaria que podría generar una inercia diferente en las instituciones al favorecer encuentros cara a cara con el otro y otros; sin embargo, el gran reto que tenemos como sociedad es reeducarnos para concientizarnos sobre el uso de la tecnología en nuestra vida diaria. Obviamente que la formación inicial de maestras y maestros sería importantísima, pero, si seguimos sin considerar tres preguntas básicas en los planes de estudio o programas de formación continua (qué, por qué y para qué la tecnología y, en este caso, del celular) seguiremos dando palos de ciego en el ya de por sí intricado sistema educativo mexicano.

Al tiempo.