De la certeza a la incertidumbre: resistencias docentes y construcción de nuevas prácticas en la Nueva Escuela Mexicana

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La resistencia docente frente a la NEM no debe leerse como un rechazo absoluto, sino como un signo de incertidumbre en el tránsito hacia nuevas certezas.


I. Tesis y propósito

El presente artículo parte de la tesis de que la resistencia docente frente a la Nueva Escuela Mexicana (NEM) se manifiesta como signo de incertidumbre epistemológica. Lejos de ser un mero rechazo político o apatía, la resistencia surge de la dificultad de los maestros para encontrar el hilo conductor de su práctica pedagógica en un escenario curricular que ya no les ofrece el mismo grado de certezas. En el modelo anterior, el libro de texto nacional funcionaba como guía lineal y prescriptiva: bastaba seguirlo paso a paso para mantener la seguridad metodológica. En contraste, la NEM exige una construcción más autónoma y contextualizada, lo que genera la sensación de “desorden” en la práctica docente.

Este desorden se evidencia en múltiples niveles: los maestros, desprovistos de una ruta única, tienden a refugiarse en métodos tradicionales, aun cuando estos sean limitados. Al mismo tiempo, enfrentan la presión social de padres de familia que juzgan la enseñanza con base en criterios antiguos —como las planas o la “buena letra”—, lo que incrementa la percepción de fracaso. Tal tensión muestra que la resistencia docente no se limita a la negación, sino que constituye una etapa en el tránsito hacia nuevas certezas.

El objetivo del artículo es, por tanto, iluminar este fenómeno desde el marco epistemológico del ciclo orden–desorden–(re)organización del conocimiento, mostrando cómo la propuesta de la NEM cuestiona certezas previas y requiere un acompañamiento distinto. La atención se centra en los directivos escolares como líderes educativos que, al sufrir de manera más visible la incertidumbre, tienden a callar, evadir o reproducir viejas prácticas.

En suma, se busca evidenciar la tensión estructural entre la NEM y la resistencia al cambio, entendida no como obstáculo definitivo, sino como síntoma de un proceso de conocimiento inacabado que demanda apertura, diálogo y acompañamiento.

II. Marco conceptual: certeza, orden/desorden y (re)organización

En la tradición positivista y racionalista, la certeza se entendió como un estado inicial e inamovible: un punto de partida donde la verdad podía alcanzarse mediante métodos homogéneos y objetivos. Bajo este paradigma, la educación se configuró como un proceso repetitivo y memorístico, orientado a la transmisión de contenidos que anulaban la diversidad y reducían la vida a formas homogéneas de actuar y pensar. En este sentido, muchos maestros fuimos formados bajo un modelo de certezas únicas y absolutas, que parecían garantizar el control del aula y la previsibilidad de los resultados.

Sin embargo, la certeza no constituye un punto de partida, sino un punto de llegada. Es el resultado de un proceso que avanza del orden inicial —la seguridad que dan los métodos tradicionales— hacia el desorden provocado por la irrupción de nuevas propuestas educativas. La Nueva Escuela Mexicana, al cuestionar las certezas heredadas, produce un estado de inestabilidad que no debe ser interpretado como fracaso, sino como momento necesario de apertura a nuevas comprensiones. Solo a través del diálogo y la reflexión crítica es posible reorganizar los saberes en un horizonte más plural y heterogéneo.

Esta dinámica confirma que la certeza es siempre relativa y no absoluta. Si lo fuera, la educación habría resuelto ya los problemas de aprendizaje que arrastra históricamente. Por el contrario, cada certeza construida abre el camino a nuevas incertidumbres. Así lo demuestra la evolución misma de la teoría educativa: de la concepción de la tabula rasa a la inclusión del papel de las emociones en el aprendizaje. En la actualidad, la neurociencia ha señalado que “no hay aprendizaje posible en cabezas estresadas”, lo que confirma que las certezas pedagógicas deben estar siempre en proceso de revisión, construcción y deconstrucción.

III. La NEM: ruptura epistemológica y didáctica

Uno de los principios más significativos de la Nueva Escuela Mexicana (NEM) es la lectura de la realidad como punto de partida. Esta práctica invita a los colectivos docentes a contextualizar los contenidos y a construir una programación analítica desde cada centro de trabajo y comunidad. Con ello, la enseñanza se transforma en un proceso dialógico que responde a la diversidad, atiende las condiciones materiales de los estudiantes y visibiliza las contradicciones sociales que atraviesan la vida escolar.

La consecuencia inmediata es la crítica a las prácticas tradicionales que descansaban en el proceso librocéntrico de la enseñanza. En el modelo anterior, los libros de texto nacionales ofrecían un orden temático secuencial que otorgaba seguridad metodológica al docente. Hoy, en cambio, los maestros se enfrentan a la pregunta por el uso de los nuevos Libros de Texto Gratuitos (LTG), que no cumplen ya la función de manual único, sino de recurso abierto que exige mediación pedagógica y articulación con proyectos comunitarios.

Este cambio metodológico —del orden prescriptivo del libro a la construcción situada del aprendizaje— marca un tránsito epistemológico: el docente pasa de una certeza rígida a un desorden inicial, donde su práctica parece perder referentes, pero que abre la posibilidad de alcanzar nuevas certezas críticas y contextualizadas. La NEM no propone la desaparición del orden, sino su reorganización en torno a un horizonte sociocrítico donde la escuela se vincula con la realidad viva de sus comunidades.

IV. Mapa de resistencias docentes

Las resistencias más fuertes frente a la Nueva Escuela Mexicana se expresan en dos niveles: el cultural y el institucional. En el plano cultural, prevalece una narrativa recurrente entre el magisterio: “es lo mismo”. Esta frase sintetiza la percepción de que cada nueva reforma educativa repite, con distintos nombres, la misma lógica de bancarización del conocimiento, lo cual genera apatía y escepticismo. A ello se suma el juicio de que “los libros no sirven”, expresión que refleja la dificultad para resignificar los nuevos materiales en un contexto donde el libro de texto había funcionado como garante de certezas.

En el plano institucional, la resistencia se alimenta de la ausencia de formación continua situada. Las capacitaciones masivas, organizadas en cascada, reproducen el modelo bancario que la propia NEM pretende superar. De este modo, la contradicción es evidente: se demanda un paradigma dialógico y crítico, mientras la formación docente se implementa de manera unidireccional, en línea y sin acompañamiento individual ni colegiado. Esta práctica no solo genera incredulidad frente a la reforma, sino que la percibe como retórica vacía.

Finalmente, las condiciones materiales —escasez de recursos, falta de tiempo y sobrecarga laboral— intensifican las resistencias. A ello se suman malentendidos frecuentes, como la ansiedad frente al supuesto “vacío de conocimiento” que produce la enseñanza bajo la lógica del hacer en lugar del decir. Tales tensiones revelan que la resistencia no es una simple negación, sino un signo de incertidumbre ante el desorden inicial que la NEM genera al cuestionar las certezas heredadas.

V. Tránsito a nuevas certezas: un caso en la práctica docente

La experiencia de una docente de la zona escolar ilustra de manera concreta el tránsito de la resistencia inicial hacia nuevas certezas. En un primer momento, la maestra manifestaba incredulidad y desánimo, pues no lograba encontrar sentido a la propuesta de la NEM. La ausencia de un guion rígido como el que ofrecían los planes y libros anteriores le generaba desconcierto y la llevaba a dudar de su capacidad para enseñar bajo el nuevo paradigma.

Sin embargo, tras un proceso de acompañamiento y diálogo durante una visita de supervisión, aceptó la invitación a experimentar con proyectos educativos fundamentados en los principios de la NEM. Al cabo de un tiempo, la docente mostró un cambio significativo: se encontraba motivada, animada y orgullosa de los avances alcanzados con su grupo. La emoción de ver a los niños implicados y trabajando de manera más autónoma le devolvió un sentido renovado a su práctica pedagógica.

No obstante, junto a este entusiasmo emergía una nueva incertidumbre: la sensación de que algunos contenidos específicos no habían sido cubiertos. La maestra expresaba que, al ver a los alumnos trabajar por su cuenta, dudaba de estar “enseñando” en el sentido tradicional.

Esta tensión evidencia que el tránsito hacia nuevas certezas no es lineal ni definitivo: aún queda el desafío de abandonar las estructuras heredadas y asumir plenamente la autonomía docente como oportunidad para reorganizar los contenidos de manera más crítica y contextualizada.

VI. Dimensión afectiva y ética del cambio

El tránsito hacia nuevas formas de certeza no se limita a lo cognitivo, sino que involucra de manera profunda la dimensión afectiva. En la experiencia cotidiana de las escuelas, la emoción más frecuente entre los docentes frente a la NEM es la frustración, acompañada de sentimientos de tristeza por la pérdida de lo conocido y de decepción al constatar que la reforma, en lugar de significar un reconocimiento al magisterio, ha implicado una mayor carga de trabajo. Estas emociones se combinan con un marcado cansancio, fruto tanto de la sobrecarga administrativa como de la incertidumbre generada por el cambio. Solo en algunos casos aparecen emociones de entusiasmo, generalmente asociadas a docentes que se animan a experimentar con proyectos innovadores.

Ante este panorama, la labor del supervisor adquiere una dimensión ética. Más que imponer certezas, se trata de acompañar desde la empatía, escuchando y reconociendo las emociones docentes, pero al mismo tiempo ofreciendo horizontes de confianza. Una estrategia clave ha sido el modelaje pedagógico: realizar junto con los equipos de asesoría ejercicios prácticos que ponen en marcha la lógica de proyectos, mostrando que el cambio es posible y generando esperanza colectiva. De este modo, la gestión de las emociones no se reduce a la contención, sino que se convierte en una oportunidad formativa y motivacional, sustentada en principios éticos como la dignidad, el diálogo y la paciencia.

El cuidado del docente en este proceso implica reconocer sus temores y cansancios, pero también motivarlo con la certeza de que el cambio puede volverse significativo. La ética del acompañamiento radica en promover la construcción colectiva, en la que el error, la duda y la experimentación no son debilidades, sino momentos necesarios del aprendizaje profesional.

VII. Obstáculos de sistema y responsabilidad de la autoridad

Uno de los frenos más significativos para la implementación de la NEM ha sido la ausencia de una asesoría formalizada y estructurada. La tarea de acompañar a los docentes en la transición se delegó a los supervisores, sin que existiera un plan claro de orientación ni un respaldo técnico suficiente. Esta situación ha generado incertidumbre y ha sobrecargado a las figuras de liderazgo intermedio, quienes se ven obligados a liderar un proceso complejo con recursos limitados y sin una guía sólida.

La falta de una política estatal de asesoría y acompañamiento directo a supervisores constituye, en este sentido, un vacío crítico. No basta con proclamar la autonomía docente si no se generan condiciones materiales y humanas que la hagan viable. La insuficiencia de recursos económicos y materiales limita no solo la capacidad de innovación pedagógica, sino también la credibilidad misma de la reforma.

Otro riesgo evidente es la exigencia de resultados inmediatos. La prisa por mostrar evidencias de éxito puede convertirse en un pretexto para invisibilizar los procesos de construcción lenta que requiere una transformación curricular. Bajo la retórica de la autonomía mal entendida, algunos docentes pueden derivar sus clases hacia prácticas aún más tradicionales y bancarias, reproduciendo justamente aquello que la NEM pretende superar.

En este marco, las responsabilidades deben asumirse de manera compartida: la autoridad educativa debe garantizar tiempos, recursos y acompañamiento; la supervisión y dirección deben sostener espacios de diálogo y formación situada; y los docentes, por su parte, deben asumir el desafío de desaprender para volver a aprender, entendiendo que la resistencia es parte de un proceso más amplio de resignificación de la práctica.

VIII. Estrategias de acompañamiento formativo

Las estrategias de acompañamiento formativo son decisivas para transformar la resistencia en apertura. Entre ellas, destacan la asesoría situada y la tutoría entre pares, particularmente a través del Servicio de Asesoría y Acompañamiento a la Escuela (SAAE).

En este dispositivo, los Asesores Técnico Pedagógicos (ATP) trabajan en relación directa con los docentes, mientras que la supervisión genera espacios de diálogo y acompañamiento para resignificar la práctica desde dentro del aula. Este modelo rompe con la lógica de capacitaciones masivas y abstractas, ofreciendo una formación anclada en la realidad de cada comunidad escolar.

Tras este primer nivel de acompañamiento, las comunidades de práctica adquieren un papel fundamental. Al compartir experiencias y resultados, los docentes no solo fortalecen lo aprendido, sino que contagian entusiasmo a sus colegas, reduciendo la apatía y generando un sentido de pertenencia. La comunidad funciona, así, como espacio de validación y motivación colectiva, en donde se construyen certezas compartidas.

La visibilización de los avances no se limita a informes burocráticos, sino que se realiza a través de la demostración concreta de actividades en la comunidad. Mostrar cambios en las conductas de los alumnos, así como en la vida local al atender problemas comunes, constituye la mejor evidencia de que el conocimiento no es meramente declarativo, sino acción transformadora. De esta manera, el acompañamiento formativo se convierte en catalizador del tránsito hacia nuevas certezas docentes y comunitarias.

IX. Posicionamiento crítico

La crítica principal a la implementación de la Nueva Escuela Mexicana se dirige a la falta de claridad y coherencia en la presentación del proyecto. Desde la perspectiva docente, la reforma se percibió como una propuesta lanzada con prisa, “al vapor”, sin ofrecer una idea general sólida sobre la orientación educativa que pretendía asumir. Este vacío inicial se profundizó en la escasa sensibilización respecto al uso de los libros de texto: se impuso su utilización sin desmontar las viejas prácticas librocéntricas, lo cual generó más confusión que convicción.

No obstante, afirmar estas deficiencias no implica un rechazo total a la NEM. Por el contrario, se reconoce que esta reforma contiene un potencial educativo genuino, pues rompe con inercias reproductivas y abre horizontes sociocríticos. La dificultad radica en que choca con el sistema de creencias docentes, formado históricamente bajo un paradigma que los concibe como “obreros depositarios”, simples receptores de información, a quienes se ha negado la posibilidad de pensarse como sujetos críticos y creativos.

El horizonte emancipador, entonces, no puede reducirse a proclamar una autonomía docente abstracta, sino a impulsar una autonomía con conciencia crítica. Para ello es indispensable una formación profunda en teorías críticas que permita a los maestros comprender la educación como praxis transformadora, no solo como cumplimiento administrativo. Solo en esa dirección será posible que la NEM se convierta en un verdadero proyecto de emancipación pedagógica, y no en otra reforma percibida como pasajera.

X. Conclusión y proyección

La reflexión desarrollada a lo largo de este texto permite reafirmar la tesis central: la resistencia docente frente a la NEM no debe leerse como un rechazo absoluto, sino como un signo de incertidumbre en el tránsito hacia nuevas certezas. Si no se impulsa un proceso de apertura al cambio, de disposición a probar nuevas prácticas y de construcción de horizontes colectivos, la incertidumbre se perpetuará y el riesgo será el retorno a lo conocido, con la consecuente reproducción de las viejas prácticas tradicionales.

En este sentido, se abren varias líneas de acción e investigación. Una de ellas es la profundización en las teorías críticas de la educación, que ofrecen herramientas para pensar el cambio más allá de la repetición de esquemas bancarios. Otra línea se orienta hacia la horizontalidad en la estructura directiva, explorando qué formas de liderazgo son más efectivas para acompañar la transición hacia la propuesta de la NEM. Ambas dimensiones son clave para consolidar la reforma como un verdadero proyecto de transformación educativa y no como un simple ajuste administrativo.

Finalmente, la invitación al lector —docente, directivo o autoridad— es a atreverse a hacer algo distinto. El cambio educativo no se construye desde la comodidad de lo posible ya logrado, sino desde la apuesta por lo inédito. Como señala Hugo Zemelman, “lo posible ya está hecho, vayamos por lo imposible”. La NEM abre un horizonte para ensayar lo imposible: formar un nuevo sujeto mexicano capaz de pensar críticamente su realidad y transformarla.

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