Claudia: una de cal, otra de arena

Al momento de detallar algunas de las acciones educativas de su próximo gobierno, Claudia cambia el tono y la narrativa...
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Una vez que se atendieron los embates monetarios posteriores al 2 de junio, cuando en pocos días el peso perdió los avances de meses frente al dólar, Claudia, AMLO, la IV T y la población tuvieron que recordar que quizá los votos son el espacio político de la igualdad, pero los pesos, los dólares, las salidas de capitales, las tasas de interés y las decisiones de inversión son el reino del poder económico -el de los machuchones, diría AMLO-. Quedó claro que eso de separar el poder político del poder económico es una frasecita que puede convocar aplausos pero no deja de ser falsa, al menos engañosa, las más de las veces una disputa.

A mes y medio de las elecciones, el peso todavía no regresa a los niveles de finales de mayo. ¿Qué cambió en ese período para una depreciación tan abrupta? No las cuentas macroeconómicas sino el denominado riesgo de inversión, que no es otra cosa que un eufemismo para presionar las decisiones de política económica, en momentos en que se dan los toques al presupuesto del próximo año y se perfilan los grandes proyectos de infraestructura, las decisiones sobre salarios, gastos e inversión pública.

Todo esto no es solo el modo como el poder utiliza sus medios o sus advertencias de inversión o no inversión para afectar las decisiones públicas. Demasiado simple para olvidarse, demasiado real para desconocer que ese es uno de los quebraderos de cabeza de todos los gobiernos que pretenden afectar de algún modo, así sea mínimo, el funcionamiento del neoliberalismo y en última instancia, del capital.

¿Cómo reaccionaron en Palacio Nacional y desde las oficinas de la candidata ganadora? Con el librito: garantizando la permanencia del funcionario que había logrado la estabilidad macroeconómica, de conocida y probada eficacia en los circuitos financieros internacionales; Rogelio Ramírez de la O y seguramente su equipo completo, se quedarán por tiempo indefinido en la SHCP. Claudia también se apresuró a anunciar a los miembros del gabinete económico-financiero, todos de reconocida experiencia, incluida la secretaria más clara y eficaz del sexenio, Raquel Buenrostro en la Función Pública.

Más tarde inició reuniones con los representantes de los grandes fondos internacionales de inversión: se reunió con banqueros y grupos de empresarios; nombró un equipo empresarial de asesoría, coordinado por una de las estrellas de la campaña, una joven empresaria que habla de prosperidad compartida, recordando aquella consigna setentera del desarrollo compartido.

Y así, poco a poco, la confianza, la seguridad, fueron regresando a los mercados, más aún cuando Marcelo Ebrard fue nombrado secretario de economía a cargo de la renegociación del T-MEC, del que anunció solo requeriría pequeños cambios, pues ha funcionado muy bien; está por verse si Trump piensa lo mismo dentro de unos meses.

El económico-financiero es uno de los vectores de atención gubernamental que enlazan las decisiones de hoy con la viabilidad del nuevo gobierno; permanentemente atacarán las bases materiales de su legitimidad, más aún si el compromiso de la reforma del Poder Judicial se mantiene como eje de las intervenciones de los próximos meses. Así que no es de extrañar el tiempo, el esfuerzo y la frecuencia de las reuniones de Claudia con personajes de esos sectores, porque hasta ahora se ha visto muy ladeada, es decir, orientada a los poderosos: los escucha, los atiende, los procura, dialoga con ellos y pretende convencerlos.

Claudia es el poder que representa a los demás, a los no convidados, a los que no pueden alterar las condiciones en que se fija el tipo de cambio -a no ser los migrantes, que ellos sí podrían hacerlo-. Claudia se reúne con el capital, no con el trabajo, atiende los reclamos y las solicitudes de los capitales numerosos, no de los trabajadores, olvidándose de una cuestión esencial que debió haber aprendido en sus tiempos de estudiante de izquierda: el capital es una relación social, no un personaje con una cartera de diversos recuerdos. A Claudia le sigue faltando barrio y sobrando orejas bancarias.  No debería hacerlo así: a la hora buena, los de arriba irán por ella, solo los de abajo la defenderán -como ha mostrado el Peje una y otra vez-.

Curiosamente, cuando Claudia voltea la mirada al mundo del trabajo, hacia los trabajadores de carne y hueso, sus familias y esposas, no se reúne con ellos, sino con sus representantes, con los detentadores de su representación. En otras palabras, sigue reuniéndose con los poderosos, con los que gestionan el dinero y con los que gestionan las resistencias de los trabajadores. Quizá por eso una de sus primeras deferencias al sector fue con los charros del SNTE, recordando que su jefe máximo, un tal Cepeda, ahora es senador por MORENA, como antes los mismos dirigentes habían tenido la misma distinción en tiempos del PRIAN.

Seguramente El Fisgón dirá a quien recuerde esto, que madure, que se calle, que lo importante es el plan C; y si no es el Plan C será lo que se quiera, porque el asunto es callar a los críticos, olvidar a quienes durante años han enfrentado todos los vicios corporativos, ahora bendecidos por la IV T y el presidente del Instituto de Formación Política de MORENA.

No obstante, al momento de detallar algunas de las acciones educativas de su próximo gobierno, Claudia cambia el tono y la narrativa, incluso se permite una intempestiva, un cambio de orientación, una ruptura con postulados neoliberales ya afianzados en el sentido común, en el habitus y la subjetividad estudiantil. El dato no es menor: en uno de sus intentos de sustitución de la mañanera, Claudia anunció su deseo de eliminar el examen de ingreso a la educación media porque solo clasifica y promueve formas de desigualdad y desperdicio de recursos, además de boquear el tránsito entre niveles educativos. Puso el ejemplo estadounidense y las políticas de vecindad: los estudiantes van a las escuelas cerca de su domicilio; las prepas y las secundarias están juntas o están cercanas; todas las escuelas deben ser buenas porque para eso están certificadas por la SEP (Sheinbaum reitera rechazo a la Comipems).

En sentido estricto, esto es un cambio de paradigma: se busca romper con la política de clasificación de los diferentes con base en un examen definido por instancias privadas que además moviliza a estudiantes lejos de sus casas, con todos los problemas económicos y de movilidad consecuentes; pero sobre todo, clasifica escuelas y estudiantes, alejándose de la obligación gubernamental de proporcionar estudios educativos en condiciones de equidad.

Desde el poder nadie había hablado así en años. Este es un cambio efectivo en el modo de reconocer señales y problematizarlas para definir nuevas políticas.

Muy bien, estaremos al pendiente de ello, porque las políticas de proximidad son un cambio paradigmático en la regulación de flujos en los territorios, formas de luchar contra la gentrificación y de construir comunidades sólidas y en desarrollo. Por supuesto, esto implica un conjunto de considerables modificaciones institucionales, organizativas, laborales, presupuestales e infraestructurales. Esto puede torcer el propósito inicial, pero por fin, Claudia lanzó una intempestiva. Anotado, una de arena, ahora va la de cal, porque todo esto que puede ser interesante y verdaderamente contra paradigmático, se acompaña con el anuncio de extender a nivel nacional, las universidades Rosario Castellanos y de la Salud, un fraude académico y conceptual, como las Benito Juárez. Pero esa es otra historia, a la que volveremos en otras entregas.

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