Basta de mensajes y llamadas fuera del horario escolar

Avatar de Abelardo Carro Nava

¿En qué momento la vocación de las y los docentes se diluyó en una invasión del tiempo personal de todas y todos aquellos que ejercen esta profesión?


¿En qué momento de la vida WhatsApp se institucionalizó como el medio oficial a través del cual se envía información, planeaciones, indicaciones u oficios y hasta planes y programas de estudio?, ¿cuántas o cuántos trabajadores de la educación reciben a diario mensajes por WhatsApp o llamadas a su celular no importando que ya haya concluido su jornada laboral, que se encuentre comiendo con su familia o que ya esté dormido en su hogar?, ¿en qué momento el magisterio normalizó estar siempre y en todo momento disponible para el director, asesor técnico pedagógico, supervisor, jefe de sector, jefe de departamento, padre de familia y para atender todos, pero absolutamente todos los requerimientos que estos demandan de un día para otro?

Hace un par de meses, cuando precisamente acudí a una escuela de educación básica a dialogar con la directora del plantel, por esas cosas curiosas que suelen ocurrirle a quienes transitamos por carreteras a veces infestadas de vehículos, llegué unos 25 minutos más temprano de lo que pretendía llegar, es decir, la idea es que yo me presentara ante dicha maestra a eso de las 7:45 a.m. (15 minutos antes de la hora de entrada de las y los estudiantes), pero no fue así, llegué a eso de las 7:20 o 7:25 a.m. Como es natural, imaginé que solo encontraría al personal de intendencia, pero no, al bajar del vehículo e ingresar a la institución me di cuenta que, tanto la directora como la subdirectora y tres maestras más ya se encontraban dentro. Al saludarles y conversar sobre el tema, la responsable de la dirección me comentó que habían llegado a las 6:30 a.m. porque la supervisión le había enviado un mensaje por “whats” a las 10:30 p.m. del día anterior dado que a esta le “urgía” que le entregaran cierta información a las 10:00 a.m. y por ese motivo no habían dormido o, si lo habían hecho, había sido muy poco.

Insisto, la situación descrita, que desde luego tiene una relación directa con el primer párrafo, no es ficticia sino real, tal real que ya es parte de nuestro México lindo y querido; peor aún, suele ser y es parte del día a día de quienes se encuentran insertos en el sistema educativo mexicano y, guste o no, nadie dice nada o nadie hace nada al respecto porque, de hacerlo, suele ser o es catalogado como irresponsable, indisciplinado o rebelde.

¿En qué momento la vocación de las y los docentes se diluyó en una invasión del tiempo personal de todas y todos aquellos que ejercen esta profesión? ¡Es que si no contestas las llamadas del director o del padre de familia en el momento que así lo solicite no tienes amor por tu profesión! – se escucha en los pasillos de las escuelas, de los hogares o en los contextos cercanos de las y los estudiantes –. ¡Es que si no respondes de manera inmediata un WhatsApp o no reenvías la indicación que ha dado la supervisión escolar no eres comprometido ni responsable en tu labor! – también se escucha decir en las mismas instituciones, en las oficinas centrales y hasta en los hogares de las y los alumnos –. ¿Siempre y en todo momento debe estar a disposición el o la maestra de quien guste y mande?

Es cierto, decía atinadamente Sergio Dunstan, en un excelso artículo que recién publicó intitulado “Desconexión digital: un derecho que podría nacer dejando fuera al magisterio”: si la hiperconectividad ya se instaló como una regla no escrita en el sistema, la protección frente a ella no debería llegar como promesa ambigua ni como beneficio eventual; debería llegar como derecho cierto; y no se equivoca, porque, si se analiza bien el asunto, ¿el o la docente tiene derecho a no responder una llamada o un mensaje de WhatsApp fuera de su horario laboral, por ejemplo de su director o padres de familia sin que se señalado, discriminado o hasta sancionado o reprimido? Vaya, ¿en serio tendríamos que preguntarnos si este profesor o profesora tiene o no derecho a no responder ese mensaje o llamada que le llega a su móvil fuera de su tiempo escolar?, ¿en qué momento se dejó de reconocer que para todo ser humano el descanso, la salud física y mental y la vida personal frente a la laboral es de vital importancia para su desarrollo personal y profesional de manera integral?

Sí, entiendo que la hiperconectividad y/o la conexión digital con la pandemia recién padecida en el mundo entero propició que las relaciones, de diversa naturaleza, se vieran sustancialmente modificadas porque, precisamente, ciertas plataformas como WhatsApp se convirtieron en los canales oficiales de comunicación, por ejemplo, entre las autoridades educativas, directivos, maestros y padres de familia, pero, de esta tragedia mundial ya han pasado tres o cuatro años y muchas de las prácticas que se establecieron mientras permanecíamos en confinamiento como la que refiero siguen aplicándose y, hoy día, con mayor énfasis en las y los trabajadores de la educación.

Sí, es cierto, la reforma que trastoca a la Ley Federal del Trabajo en cuanto al reconocimiento del derecho a la desconexión digital es innegablemente relevante y espero en próximos días se hablé un poco más de ella, sin embargo, dos cosas me preocupan, además de las señaladas por Dunstan cuando pregunta si esta ley aplicaría también para maestras y maestros, me refiero a: 1) la posible discriminación, exclusión o marginación de parte de la autoridad educativa en turno y/o del colectivo docente porque, al ser derecho, cualquier trabajador no tendría la obligación de responder llamadas, mensajes o correos trátese de quien se trate; 2) los efectos, ya de por sí bastante presentes entre el profesorado, del síndrome de Burnout y que desafortunadamente le tienen sin cuidado a las autoridades gubernamentales, educativas y sindicales.

Es claro que estamos, además de un tema legal y político como también lo señalaba Sergio en el artículo que ya he comentado, ante un tema de orden cultural y hasta estructural del mismo sistema educativo y ese, independientemente de ley y la política, se ha sedimentado hasta los huesos en las escuelas y en todo el sistema.

No de ahorita, pero no me equivoco al señalar que el momento de gritar fuerte y claro ha llegado: ¡No más llamadas y mensajes fuera del horario escolar!

Para todas y todos los trabajadores de la educación: ¡Debe ser y es un DERECHO!

Al tiempo.