Actos de desobediencia y resistencia civil pacíficas desafían a las instituciones

 

Tanto el movimiento que encabezó Andrés Manuel López Obrador ante la posibilidad de su desafuero en 2005 como el reclamo de paz con justicia y dignidad de Javier Sicilia en 2006 fueron acciones de desobediencia y resistencia civil pacíficas que utilizaron recursos no violentos, pero rebeldes para llegar al cumplimiento de sus demandas, afirmó el doctor Sergio Tamayo.

En su libro Espacios y repertorios de la protesta, editado por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), el profesor-investigador del Departamento de Sociología de la Unidad Azcapotzalco analiza esas manifestaciones a partir de su apropiación, dinámica e impacto político, social, económico y cultural, al relacionar los conceptos desobediencia y resistencia, por un lado, y protesta y movimiento, por otro.

Frente a la pretensión del desafuero, el Partido de la Revolución Democrática y López Obrador promovieron acciones, “todas sin violencia y dentro del marco de la ley”: ayunos, asambleas ciudadanas en todo el país, acto luctuoso en el monumento de Francisco I. Madero y marcha del silencio en abril de 2005, en la que se concentraron alrededor de 1,200 personas, entre otras que dieron como resultado la renuncia del general Rafael Macedo de la Concha, entonces procurador general de la República (PGR), que declinó ejercer acción penal en contra de López Obrador.

Analistas citados en la obra sostienen que de esa manera el ex jefe de gobierno capitalino demostró gran poder de convocatoria y capacidad de controlar la lucha pacífica, aunque “la paradoja de las acciones de masas, cualesquiera que éstas sean, tiene dos objetivos: demostrar públicamente la fuerza social contra una injusticia y el problema de que las masas puedan desbordar a sus líderes” y a las propias autoridades.

Paz con justicia y dignidad, organizado por Sicilia, es otro ejemplo claro de resistencia civil pacífica y puso en práctica elementos simbólicos encaminados, no a la búsqueda del poder sino a la autonomía y la libertad del ser humano, a partir de postulados con los que el poeta fundamentó sus críticas a López Obrador, al asegurar que “… busca el poder y así se volverá igualmente injusto e ilegítimo que sus propios adversarios”.

Tamayo, miembro del Sistema Nacional de Investigadores, sostiene que la desobediencia civil tiene tres fuentes históricas: una referida a los movimientos cargados de elementos religiosos; otra proveniente de la corriente liberal que reivindica la autonomía y las libertades individuales, y una tercera sobre las formas de los actos no violentos.

Respecto del fraude electoral de 1985, cuando se realizaron elecciones federales legislativas, recordó que ese suceso llevó al Partido Acción Nacional a la participación masiva.

El PAN impulsó la Marcha del silencio en Monterrey, reprimida por la policía local; en Sonora bloquearon la línea fronteriza de Agua Prieta y Naco; en Chihuahua hubo manifestaciones masivas, por lo que los presidentes municipales Francisco Barrios y Luis H. Álvarez iniciaron una huelga de hambre.

Actos de desobediencia civil continuaron por parte del PAN con el fraude electoral de 1986 y 1988, y en ese último año el gobierno reaccionó con declaraciones en contra de ese instituto político, culpándolo de querer romper con el Estado de derecho y el orden civil. En este contexto el partido justificó los actos de desobediencia civil, transformando y combinando sus métodos tradicionales de lucha.

Para el coordinador de la Red Mexicana de Estudios de los Movimientos Sociales “la desobediencia civil ha sido, pues, una acción colectiva, no violenta y pública, que desafía a la autoridad” y que debe abordarse con cautela tanto por la autoridad en cuestión, como por los líderes de los movimientos.