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¿Qué relación queremos que niñas, niños y adolescentes construyan con la tecnología?


Cada generación ha enfrentado una revolución tecnológica que puso en tensión las certezas de la escuela. La imprenta transformó la circulación del conocimiento; la radio y la televisión modificaron las formas de comunicación; la aparición del Internet alteró para siempre el acceso a la información. Hoy vivimos una transformación todavía más profunda: la inteligencia artificial, los dispositivos móviles y los ecosistemas digitales están modificando no solamente la manera en que aprendemos, sino también la manera en que pensamos, nos comunicamos y construimos conocimiento en el mundo.

Por eso, el debate actual sobre el uso de dispositivos móviles en las escuelas mexicanas no debería reducirse a una pregunta aparentemente sencilla: ¿celular sí o celular no?

La pregunta verdaderamente educativa es mucho más profunda: ¿Qué relación queremos que niñas, niños y adolescentes construyan con la tecnología?

Esta diferencia es fundamental. Porque prohibir un dispositivo no significa necesariamente educar para su uso responsable. Pero permitirlo sin reglas, propósito pedagógico y acompañamiento tampoco significa innovar.

La escuela está frente a una responsabilidad histórica: formar personas capaces de utilizar la tecnología sin convertirse en dependientes de ella.

De Deep Blue a la inteligencia artificial: la tecnología dejó de ser solamente una herramienta

A finales del siglo XX, el enfrentamiento entre Garry Kasparov y Deep Blue, la supercomputadora desarrollada por IBM, se convirtió en uno de los símbolos más conocidos de la relación entre inteligencia humana y capacidad computacional. En 1997, Deep Blue derrotó a Kasparov en una partida que marcó un momento histórico.

Aquella computadora no “pensaba” como un ser humano. Su capacidad provenía fundamentalmente de la enorme cantidad de posiciones que podía analizar y evaluar. Sin embargo, el acontecimiento anticipó una transformación que hoy vivimos con mucha mayor intensidad: las máquinas comenzaron a realizar tareas que tradicionalmente asociábamos con capacidades humanas.

Tres décadas después, un estudiante puede preguntarle a una inteligencia artificial, desde un teléfono, que explique un concepto, genere un texto, traduzca un idioma, construya una imagen, proponga un experimento o ayude a resolver un problema.

La pregunta ya no es si la tecnología llegará a la escuela.

La tecnología ya está dentro de la escuela.

Está en las manos de los estudiantes, en las casas de las familias, en las computadoras de los docentes, en las plataformas educativas, en las bibliotecas digitales y, cada vez más, en los procesos de planeación y evaluación.

Por eso, pretender resolver el fenómeno exclusivamente mediante la prohibición puede resultar insuficiente.

Seymour Papert, uno de los grandes pioneros de la tecnología educativa, desarrolló el concepto de construccionismo: la idea de que los estudiantes aprenden de manera particularmente poderosa cuando utilizan herramientas para construir, crear, experimentar y resolver problemas.

Desde esta perspectiva, un dispositivo móvil no posee por sí mismo un valor educativo.

Puede ser una distracción. Puede ser un instrumento de entretenimiento. Puede ser una puerta de entrada a información falsa.

Pero también puede convertirse en una herramienta para investigar, documentar, crear, programar, fotografiar fenómenos científicos, realizar entrevistas, consultar bibliotecas digitales, participar en actividades interactivas o producir conocimiento.

El problema, entonces, no es solamente el dispositivo.

El problema es qué hacemos pedagógicamente con él.

Un celular utilizado sin propósito puede empobrecer una experiencia educativa; utilizado con intención, mediación y criterios claros, puede ampliarla.

Por otro lado, Neil Postman nos obliga a introducir una segunda pregunta.

No basta con preguntar qué beneficios produce una tecnología. También debemos preguntarnos qué modifica, qué desplaza y qué riesgos introduce.

La tecnología no es culturalmente neutral.

Un teléfono puede acercar a una familia y, al mismo tiempo, interrumpir una conversación.

Puede ofrecer acceso inmediato a una biblioteca mundial y, simultáneamente, convertirse en una fuente interminable de distracciones.

Puede facilitar una tarea escolar y también permitir que un estudiante deje de pensar y simplemente copie una respuesta generada por una máquina.

Por eso la escuela no debe adoptar la tecnología de manera ingenua.

Pero tampoco debería rechazarla por miedo.

Debe enseñar a comprenderla.

Manuel Castells explicó el surgimiento de una sociedad organizada alrededor de redes de información y comunicación.

En este nuevo escenario, el problema educativo dejó de ser únicamente el acceso al conocimiento.

Hoy el conocimiento está, literalmente, al alcance de una pantalla.

El verdadero desafío es aprender a seleccionar, contrastar, interpretar, cuestionar y transformar la información en conocimiento.

Un niño puede encontrar mil respuestas en Internet. Pero la escuela debe enseñarle a distinguir cuál es confiable.

Un adolescente puede preguntarle cualquier cosa a una inteligencia artificial. Pero la escuela debe enseñarle a identificar cuándo la respuesta es incorrecta, sesgada, incompleta o éticamente problemática.

En otras palabras: cuando la información se vuelve abundante, el pensamiento crítico se vuelve indispensable.

Paulo Freire no escribió sobre inteligencia artificial ni sobre teléfonos inteligentes, pero su pensamiento conserva una enorme vigencia.

Su pedagogía coloca al ser humano como sujeto crítico de su aprendizaje.

Por eso, la pregunta freireana frente a la tecnología podría formularse hoy de una manera muy sencilla:

¿La tecnología nos está ayudando a pensar mejor o nos está quitando la responsabilidad de pensar?

Esta pregunta debería acompañar cualquier política pública relacionada con dispositivos digitales.

La escuela no puede sustituir el pensamiento del estudiante por la respuesta de una máquina.

Tampoco puede sustituir la relación humana entre maestro y alumno por una pantalla.

La tecnología debe ampliar las posibilidades educativas, no reducir la educación a procesos automatizados.

Michael Fullan nos enuncia puntualmente que la innovación en el uso de dispositivos móviles en las escuelas no es tecnológica, tendría que ser específicamente pedagógica.

Uno de los errores más frecuentes consiste en confundir modernización tecnológica con innovación educativa.

Comprar tabletas no transforma una escuela. Instalar Internet no transforma una escuela. Utilizar inteligencia artificial no transforma una escuela.

Lo que transforma una escuela es la capacidad de mejorar la manera en que los estudiantes aprenden.

La tecnología puede potenciar una buena práctica pedagógica, pero difícilmente puede corregir una mala.

Por eso, el verdadero debate no debería comenzar preguntando qué dispositivo utilizar.

Debería comenzar preguntando: ¿Qué queremos que aprendan nuestros estudiantes y qué herramienta puede ayudarnos a conseguirlo?

No todos los niveles educativos requieren la misma respuesta

Aquí es donde la discusión necesita abandonar las soluciones generales.

No es lo mismo un niño de preescolar que un adolescente de secundaria.

Preescolar: la prioridad es el vínculo humano

En educación preescolar, la prioridad debe estar en el juego, el movimiento, la exploración directa, el lenguaje, la interacción cara a cara, la creatividad y el desarrollo socioemocional.

Por ello, una política razonable podría establecer un uso mínimo o nulo de dispositivos personales por parte de los niños, sin confundir esto con rechazar la tecnología.

La tecnología puede estar presente como recurso del docente, pero no necesariamente como dispositivo personal permanente del alumno.

Primaria: tecnología mediada y con propósito

En primaria comienza una etapa distinta.

Aquí el dispositivo puede convertirse en una herramienta de aprendizaje cuando existe una intención pedagógica concreta.

Consultar un acervo digital. Investigar. Resolver un problema. Realizar una actividad interactiva. Participar en una dinámica como Kahoot. Crear una presentación. Registrar un experimento. Consultar mapas. Producir un audio o video. Acceder a materiales educativos. Utilizar herramientas de inteligencia artificial bajo supervisión docente.

Todo ello puede tener sentido.

Pero la regla debería ser clara: el dispositivo entra al aula porque existe una razón pedagógica para utilizarlo, no simplemente porque está disponible.

Secundaria: aprender a habitar el mundo digital

En secundaria la responsabilidad cambia.

Los adolescentes ya viven inmersos en redes sociales, plataformas digitales, videojuegos, inteligencia artificial y comunicación instantánea.

Por eso, además de regular el uso de los dispositivos, la escuela debe enseñar ciudadanía digital.

Privacidad. Seguridad. Huella digital. Desinformación. Ciberacoso. Propiedad intelectual. Ética de la inteligencia artificial. Verificación de fuentes. Uso responsable de datos. Gestión de la atención. Y, especialmente, pensamiento crítico.

La escuela secundaria no puede limitarse a decirle al adolescente: “apaga el celular”.

Debe enseñarle cuándo utilizarlo, cuándo apagarlo y por qué.

El dispositivo también es una herramienta de gestión educativa

Existe además una dimensión que frecuentemente desaparece del debate: el teléfono no solamente sirve para aprender.

También forma parte de la comunicación cotidiana de las comunidades escolares.

Los grupos institucionales permiten enviar avisos a madres y padres de familia, convocatorias, citatorios, recordatorios, actividades y comunicados.

Permiten también mantener una comunicación oportuna entre docentes, directivos y familias.

Y existe una dimensión todavía más importante: la seguridad preventiva escolar.

En una situación de emergencia, contar con canales de comunicación previamente establecidos puede facilitar la coordinación con las familias y la activación de protocolos correspondientes.

Por supuesto, esto debe realizarse bajo reglas institucionales, respetando la privacidad, la protección de datos y los canales oficiales.

Pero sería un error ignorar esta realidad.

La escuela contemporánea no solamente enseña. También comunica, organiza, previene, coordina y responde.

Y en todas esas tareas la tecnología puede convertirse en una herramienta de gestión dentro del PMC de cada escuela.

El teléfono también puede ser una herramienta para el maestro

Hay otra paradoja que debemos reconocer.

Mientras debatimos si los estudiantes deben utilizar dispositivos, muchos docentes ya los utilizan para preparar sus clases.

Consultan bibliotecas digitales. Acceden a artículos académicos. Buscan recursos didácticos. Diseñan actividades. Elaboran materiales. Consultan información curricular. Utilizan plataformas educativas. Crean recursos interactivos.

Y ahora incorporan herramientas de inteligencia artificial para generar ideas, adaptar materiales o explorar posibilidades didácticas.

Esto significa que la discusión no puede ser únicamente sobre los estudiantes.

También tenemos que formar a los docentes.

Porque un sistema educativo que prohíbe una herramienta sin enseñar a utilizarla corre el riesgo de formar estudiantes para un mundo que ya dejó de existir.

UNESCO y la nueva responsabilidad educativa

La UNESCO ha dado un paso importante al desarrollar marcos de competencias para docentes y estudiantes frente a la inteligencia artificial.

Su planteamiento no consiste simplemente en enseñar a utilizar herramientas de IA. Propone una perspectiva centrada en las personas, con énfasis en la responsabilidad humana, la ética, el uso seguro y responsable y la capacidad de crear con estas tecnologías.

La idea resulta particularmente pertinente para México:

No necesitamos únicamente usuarios de tecnología; necesitamos ciudadanos capaces de comprenderla y gobernarla.

Ese debería ser uno de los grandes objetivos de la educación básica.

Entonces, ¿celular sí o celular no?

Probablemente esa sea la pregunta equivocada.

La pregunta correcta sería:

¿Para qué, cuándo, cómo, con qué límites y bajo qué responsabilidad pedagógica se utiliza un dispositivo?

Referencias bibliográficas
Castells, M. (1996). The Rise of the Network Society. Blackwell Publishers.
Freire, P. (1970). Pedagogy of the Oppressed. Herder and Herder.
Fullan, M. (2013). Stratosphere: Integrating Technology, Pedagogy, and Change Knowledge. Pearson.
Papert, S. (1980). Mindstorms: Children, Computers, and Powerful Ideas. Basic Books.
Postman, N. (1992). Technopoly: The Surrender of Culture to Technology. Alfred A. Knopf.
UNESCO. (2018). UNESCO ICT Competency Framework for Teachers. UNESCO.
UNESCO. (2024). AI Competency Framework for Teachers. UNESCO.
UNESCO. (2024). AI Competency Framework for School Students. UNESCO.