Entre la vocación y el abandono de Estado: ser maestro en México hoy

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México no puede seguir tolerando agresiones contra docentes como si fueran parte del paisaje.


El maestro mexicano no desapareció. Lo que desapareció fue el país que lo sostenía.

Durante décadas, la figura del docente representó autoridad moral, estabilidad y sentido comunitario. Hoy, en cambio, se ha convertido en el punto donde estallan —o se contienen— las fallas estructurales del Estado. No es que el maestro haya cambiado: es el entorno el que se derrumbó a su alrededor.

Su función ya no se limita a enseñar. Es mediador de conflictos, contenedor emocional, gestor de carencias y, muchas veces, último recurso frente al vacío institucional. El aula dejó de ser un espacio exclusivamente pedagógico: es ahora un territorio atravesado por la violencia, la desigualdad y la incertidumbre.

En algunas regiones, el miedo forma parte de la jornada laboral. En otras, de manera más silenciosa, se acumula un desgaste igualmente devastador. Es la violencia que no se nombra, disfrazada bajo un falaz “bienestar” y “revalorización”: la del maestro que acude a su sistema de salud y no encuentra medicamentos; la de quien espera meses por una consulta; la de quien envejece sin certeza sobre su retiro, atrapado en un esquema de pensiones individualizado que lo obliga a apostar su futuro en mercados que no controla.

Es también la violencia de la desprotección: docentes agredidos —verbal, física e incluso mortalmente— sin respuesta institucional, o despojados de autoridad sin herramientas para reconstruirla. A esto se suma la fractura del vínculo con las familias. Donde antes había corresponsabilidad, hoy hay mucha tensión. Y cuando el conflicto irrumpe, el maestro queda solo.

Solo frente al aula.

Solo frente al sistema.

Solo, incluso, frente a una representación sindical charra que, en lugar de defenderlo, le ofrece el retiro voluntario o una salida jurídica por “la puerta de atrás”, con cese directo.

El SNTE es percibido por amplios sectores del magisterio no como defensa, sino como simulación: una estructura distante y complaciente que administra el descontento mientras las condiciones del docente se deterioran. Su papel frente a reformas como las vinculadas a la Unidad del Sistema para la Carrera de las Maestras y los Maestros ha dejado más dudas que certezas: lejos de fortalecer la profesión, ha profundizado su fragmentación y precariedad.

Pero reducir esta crisis a un actor o a un gobierno sería simplificarla. Tampoco los derechos humanos son responsables, como algunos discursos intentan instalar. El problema no es su existencia, sino la incapacidad del Estado para garantizarlos. Lo que enfrentamos no es una coyuntura: es el resultado de décadas de abandono a la educación acumulado.

Y por eso conviene decirlo sin rodeos: esta no es solo una crisis educativa, es la evidencia de un país sostenido sobre un Estado que ha dejado de cumplir su función.

Cuando un país no garantiza seguridad, salud, justicia ni cohesión social, sus maestros —la presencia más cercana del Estado en la vida cotidiana— se convierten en el rostro más visible de su fracaso.

Y aun así, permanecen.

Siguen enseñando. Siguen organizando. Siguen sosteniendo lo que otros dejaron caer. Siguen incluso dando su propia vida. No porque el sistema los respalde, sino a pesar de él. En esa resistencia cotidiana hay algo admirable, pero también profundamente peligroso: normalizarla.

Ninguna nación puede construirse sobre el sacrificio silencioso de sus maestros.

Si México quiere recuperar el rumbo, necesita algo más que discursos: requiere decisiones estructurales de fondo. Colocar al docente en el centro, no como símbolo retórico, sino como prioridad política real.

Eso implica, en primer lugar, garantizar condiciones materiales dignas. Un sistema de salud funcional, con medicamentos, atención preventiva y especialidades accesibles. Implica también resolver el fondo del problema pensionario: desmontar el esquema de cuentas individuales impuesto en 2007 y reconstruir un sistema solidario que devuelva certeza al final de la vida laboral.

Implica, además, recuperar el poder adquisitivo del magisterio. No con aumentos marginales que apenas compensan la inflación, sino con una política salarial de fondo. La historia ofrece precedentes: en 1989, la movilización magisterial de la CNTE logró incrementos superiores al 25% al sueldo base. Hoy, después de décadas de deterioro, una medida de esa magnitud no sería un exceso, sino un acto mínimo de justicia.

Pero dignificar al maestro no es solo mejorar su ingreso: es proteger su vida. México no puede seguir tolerando agresiones contra docentes como si fueran parte del paisaje. Se requiere un marco legal que sancione con firmeza cualquier tipo de violencia contra el magisterio, como ocurre en países donde educar sigue siendo una labor protegida por el Estado.

A esto debe sumarse la reconstrucción de una carrera docente estable, con reglas claras, que reconozca la experiencia, la antigüedad y el arraigo comunitario con sus programas compensatorios. La lógica de competencia individual ha demostrado dividir, no fortalecer.

Y, por supuesto, garantizar acceso a vivienda digna, sin UMAS, con verdaderas prestaciones integrales y mecanismos reales de protección para quienes trabajan en contextos de riesgo.

No se trata de concesiones.

Se trata de condiciones mínimas para sostener un país.

Porque cuando un Estado abandona a sus maestros, no solo pierde a sus educadores: pierde su futuro.

Y cuando el maestro deja de ser pilar, lo que comienza a derrumbarse no es la escuela, es la nación completa.