El actual liderazgo nacional del SNTE recorre el país bajo el cobijo de una narrativa ambigua: la “Autonomía Sindical”. En términos llanos, esta propuesta parece ser el salvoconducto para operar sin contrapesos. Según fuentes cercanas al magisterio, lo que se gesta en el fondo es el retorno de los congresos seccionales y nacionales; un esquema basado en la elección de delegados que, lejos de representar a las bases, sirva para perpetuar a la actual cúpula.
La “vieja confiable” contra el voto libre
Parece que el experimento del voto secreto, universal y directo de los últimos cuatro años no arrojó los resultados que la dirigencia esperaba. Al verse expuestos al escrutinio real de los maestros, el riesgo para la continuidad del “imperio de Cepeda” se volvió insostenible. Ante la amenaza de la voluntad popular, la estrategia es clara: volver a la “vieja confiable”, esa maquinaria de delegados a modo que garantiza eventos coreografiados al grito de: ¡unidad, unidad, unidad!
El sigilo con el que se realizan estas visitas estatales delata el temor al ruido. No quieren preguntas incómodas. En sus eventos controlados, el micrófono nunca se abre al debate; de hacerlo, la realidad irrumpiría con cuestionamientos que la dirigencia no puede (o no quiere) responder:
- ¿Para cuándo una reforma estatutaria que responda a los tiempos actuales?
- ¿Cómo rescatar el sentido de pertenencia si se han asfixiado las reuniones sindicales de base?
- ¿Por qué la defensa de los derechos de los agremiados ha pasado a segundo término?
- ¿Por qué no existen mesas bipartitas que integren voces plurales en todos los programas del SNTE?
- ¿Es posible transitar hacia mesas de negociación salarial permanente?
- ¿Cuándo se exigirá el incremento del tope de pensiones de 10 a 12 UMAs?
- ¿Por qué no invertir las cuotas sindicales en una Escuela Nacional de Actualización Profesional gestionada por el propio sindicato?
- ¿Cuándo fue la última vez que se rindieron cuentas claras sobre el destino de nuestras cuotas?
Del letargo a la acción
Estimado lector, a estas alturas de nuestra historia, estas preguntas no solo deberían ser permitidas, sino respondidas con transparencia. Deberíamos estar transitando hacia una democracia sindical abierta a todas las expresiones, donde el maestro pase de la queja en redes sociales a la acción colectiva.
El sindicato no es una oficina en la Ciudad de México ni un pequeño grupo de privilegiados; el sindicato somos todos. Es tiempo de sacudirse el letargo docente. Quien tenga algo que decir, debe ser escuchado. Cabemos todos: los que están, los que estuvieron y, sobre todo, los que aspiran a construir un futuro distinto.
¿No lo cree así, querido lector?