En días recientes se han intensificado los hostigamientos y ataques de Estados Unidos contra el pueblo cubano. Desde la narrativa oficial norteamericana, Cuba se presenta como “un peligro para la seguridad nacional”. Sin embargo, más que una amenaza, ese supuesto “peligro” parece residir en el alcance internacional de su proyecto político y social y, sobre todo, en las múltiples acciones de solidaridad que ha desplegado durante décadas hacia distintos pueblos del mundo.
Además de esa dimensión solidaria —ampliamente documentada—, resulta indispensable reconocer los aportes que Cuba ha realizado en el ámbito educativo, cuyo impacto trasciende sus fronteras. No se trata únicamente de una política interna exitosa, sino de propuestas pedagógicas concretas que han contribuido a enfrentar uno de los problemas estructurales más persistentes a nivel global: el analfabetismo.
Un ejemplo emblemático es el método de alfabetización “Yo sí puedo”, impulsado por la pedagoga cubana Leonela Inés Relys Díaz. Este método ha permitido enseñar a leer y escribir a millones de personas en distintos países. Su base pedagógica parte de un principio sencillo y eficaz: comenzar con elementos familiares para las personas —como los números— y, a partir de ahí, introducir aquello que no conocen —letras y palabras—. Mediante la asociación entre números y sonidos, el uso de recursos audiovisuales y el acompañamiento de facilitadores locales, el proceso se organiza en tres etapas: escuchar y ver, escuchar y leer, y escuchar y escribir. Generalmente, su aplicación dura alrededor de siete semanas, aunque puede adaptarse a diversos contextos. En otras palabras, demuestra que, con una metodología pertinente y contextualizada, es posible alfabetizar en tiempos relativamente breves.
La relevancia de este método radica también en su accesibilidad: no requiere infraestructura compleja y ofrece una gran flexibilidad en su implementación. Su trascendencia no solo se expresa en que Cuba sea considerada un territorio libre de analfabetismo, sino también en su proyección internacional: se ha aplicado en más de 30 países de América, África, Europa, Asia y Oceanía. De acuerdo con datos de la UNESCO, ha contribuido a la alfabetización de más de 10 millones de personas en el mundo.
En México, esta iniciativa se desarrolló en entidades como el Estado de México, la Ciudad de México, Michoacán, Oaxaca, Guerrero, Nayarit, Tabasco y Veracruz, apoyando los procesos de alfabetización de miles de personas. Estos resultados muestran que no se trata de un modelo aislado, sino de un método efectivo cuando existe voluntad institucional y organización comunitaria.
Por otra parte, los aportes cubanos al campo de la salud también guardan una estrecha relación con su proyecto educativo. El desarrollo de técnicas médicas, vacunas y brigadas de atención internacional es ampliamente reconocido. En coherencia con esa visión, Cuba impulsó la Escuela Latinoamericana de Medicina, donde —según cifras oficiales— se han formado más de 40,000 médicos provenientes de más de 120 países, muchos de ellos de comunidades con escasos recursos. Esta política expresa una concepción de la educación y la salud como derechos y como instrumentos de cooperación internacional. De ahí la consigna atribuida a Fidel Castro: “Bombas no, médicos sí”.
En consonancia con su enfoque educativo y su vocación internacionalista, Cuba también ha enviado especialistas en currículo, docentes y formadores a distintos países, tanto para apoyar la formación de maestros como para asesorar en el diseño de modelos educativos integrales. Dichos modelos articulan educación, salud, deporte y cultura, bajo la premisa de que los procesos formativos deben responder a las problemáticas reales de las poblaciones.
Asimismo, su sistema educativo ha desarrollado áreas de especialización en educación inclusiva, orientadas a personas con discapacidad visual, auditiva u otras condiciones específicas. Este enfoque no solo ha fortalecido la atención educativa en el propio país, sino que también ha servido de referencia para otras naciones interesadas en construir sistemas más equitativos e incluyentes.
A pesar de las campañas de desprestigio y del bloqueo económico que enfrenta desde hace décadas, la experiencia cubana muestra que, más que una amenaza para la “seguridad internacional”, su mayor proyección ha sido la solidaridad educativa y sanitaria. En esa lógica, la afirmación de que “Revolución y educación son una sola cosa” resume una apuesta histórica por el conocimiento como herramienta de emancipación y que la educación no es un proceso neutro. Son pocos los países que han logrado sostener una política de cooperación educativa de tal magnitud sin exigir, a cambio, beneficios económicos, más allá del principio de solidaridad entre los pueblos.
En un momento histórico atravesado por disputas geopolíticas y campañas de deslegitimación, conviene no perder de vista una verdad concreta: millones de personas aprendieron a leer, se formaron como profesionales y accedieron a derechos básicos gracias a iniciativas educativas impulsadas por Cuba. Ese legado no es retórico, es verificable y tiene rostro humano. Si la solidaridad cubana ha contribuido de manera decisiva a ampliar el derecho a la educación en numerosos países, hoy corresponde que esa solidaridad sea correspondida con memoria, reconocimiento y defensa activa. No se trata de coincidencias ideológicas, sino de un principio ético elemental: los pueblos que han educado al mundo no deben ser castigados por ello.