No hay que descartar lo que decía el gran emperador filósofo Marco Aurelio (121–180 d.C.): “los defectos de nuestros hijos son reflejo de las deficiencias de sus padres y de la sociedad”. Una sentencia vigente que hoy cobra una dolorosa actualidad.
En días recientes, un hecho profundamente alarmante en una escuela preparatoria de Michoacán nos obliga a detenernos como sociedad: un joven arrebató la vida a sus maestras. No es un hecho aislado ni puede explicarse únicamente desde la indignación. Es una alerta para todos. Una señal clara de que algo esencial está fallando en la formación de nuestros niños y jóvenes en el país.
Desde la mirada del Dr. Manuel Sans Segarra, la neurogénesis —la creación de nuevas neuronas— y la neuroplasticidad —la capacidad del cerebro para reorganizarse— no ocurren en el vacío ni en el abandono emocional. Se desarrollan, fundamentalmente, en el vínculo humano.
El desarrollo cerebral no es solo biológico: es profundamente relacional. Durante la infancia y la adolescencia, las experiencias afectivas activan sistemas neuroquímicos —como la liberación de oxitocina y serotonina— que fortalecen las conexiones neuronales responsables del apego seguro, la empatía, la regulación emocional y el autocontrol. En contraste, la ausencia de afecto o la exposición constante al estrés activa respuestas de supervivencia que afectan la corteza prefrontal, debilitando la toma de decisiones y favoreciendo conductas negativistas desafiantes, impulsivas o agresivas.
Cuando un padre o una madre abrazan a sus hijos, cuando dialogan con ellos, cuando los escuchan, cuando están presentes y también cuando establecen límites claros con amor, están literalmente moldeando su cerebro. Están fortaleciendo conexiones neuronales asociadas a la empatía, la autoestima, el autocontrol, la toma de decisiones y la regulación emocional.
Educar, entonces, no es solo instruir: es construir arquitectura cerebral desde el afecto y el amor que nace en el hogar.
Esta idea encuentra eco incluso en el pensamiento de Albert Einstein, quien en la conocida carta atribuida a su hija Lieserl plantea que el amor es una fuerza universal capaz de dar sentido a la existencia humana, una energía que trasciende y conecta todo. Más allá del debate sobre su autenticidad, el mensaje es profundamente pedagógico: sin amor, el conocimiento pierde dirección; con amor, adquiere propósito.
Pero es importante precisar: el amor no es permisividad. Como bien señala Sans, el amor es el elemento fundamental de la existencia del ser humano, y se sostiene en principios como el respeto, la responsabilidad, la empatía y el altruismo. Educar desde el amor implica “convencer y no vencer”. Es acompañar con firmeza a nuestros niños y jóvenes, es establecer reglas, generar diálogo y formar desde la conciencia y el amor, no desde la imposición o el miedo.
Hoy, sin embargo, estamos viendo las consecuencias de haber debilitado estos vínculos. Hogares donde el tiempo compartido es escaso, donde el diálogo ha sido sustituido por pantallas, donde los límites no existen o se imponen sin afecto. Hemos transitado —como advertía Giovanni Sartori— de un homo sapiens a un homo videns, donde la imagen sustituye al pensamiento crítico.
Escuelas donde el docente carga con grandes responsabilidades administrativas que rebasan lo pedagógico, pero sin el respaldo integral necesario.
Durante años se ha intentado resolver la crisis educativa con capacitaciones, reformas y evaluaciones por competir y no compartir. Incluso recientemente, la presidenta de México ha señalado en conferencias la necesidad de fortalecer la capacitación docente como vía de mejora. Sin embargo, este tipo de hechos nos demuestra que la raíz del problema es más profunda y no puede reducirse a cursos o lineamientos.
Los países que han logrado disminuir la violencia juvenil, como Finlandia o Canadá, han entendido que el desarrollo integral del ser humano no puede separarse de su salud emocional. Por ello, han implementado:
- Educación socioemocional desde edades tempranas.
- Atención permanente de psicólogos y trabajadores sociales en las escuelas.
- Programas de acompañamiento a familias para fortalecer la crianza.
- Redes de detección temprana de riesgo.
- Entornos escolares centrados en el bienestar y no solo en el rendimiento.
En estos modelos, el afecto no es un complemento: es el eje.
Por eso, lo ocurrido en Michoacán no debe ser visto como un hecho aislado, sino como una llamada urgente. Es necesario advertir que cuando la neuroplasticidad y la neurogénesis se desarrollan en contextos de abandono, violencia o indiferencia, también construyen cerebros adaptados al miedo, al odio, a la frustración y a la agresión.
Un niño que no es abrazado no deja de desarrollarse: se desarrolla de otra manera.
Esto no justifica la violencia, pero sí nos obliga a comprender que la prevención no empieza en el castigo, ni en la reacción, ni en la capacitación aislada al docente. Empieza en casa, en el vínculo, en la presencia real de los adultos significativos.
La tarea es de todos.
De madres y padres que necesitan recuperar el tiempo, el diálogo y la cercanía.
De escuelas que deben volver a poner al ser humano en el centro.
De un Estado que tiene que garantizar condiciones para una vida digna y acompañada.
De una sociedad que no puede seguir normalizando la distancia emocional y menos la violencia de cualquier tipo.
Porque cuando dejamos de educar desde el amor, no solo fallamos como sistema educativo…
fallamos como humanidad.
Y las consecuencias, tarde o temprano, nos alcanzan a todos y nos pega donde más nos duele, nuestros propios hijos.