Impotente

 

Inevitable no sentir impotencia al ver la desgracia impropia, desarropada la ignorancia, muerde la desidia; así de fatal me es el dolor vecino, ese cáncer que me amenaza en las penumbras; escuetos gritos vagos de algo inútil.

Hoy más que ayer me palidece la esperanza, la zozobra casi acaba conmigo. Y no es cuestión de valor sino de dignidad…si porque me destroza tanta complicidad; así de brusco, así de áspero. Como si de dolor no supiera, se me infringe oprobio.

No hay más que trabajar con lo que tengo, aunque sea en resta, aunque no haya más que dar, nada más allá que la cara relavada de la hipocresía, hacer como que se hace. Un insulto para quienes aún no sucumbimos a la pereza.

Me llena de oscuridad el abandono hacia la realidad, una careta de alegría detrás de un corazón deprimido, ese que se despedaza en falsedades al hacer un informe de lo que no es.

Llego y no hay más que mis esfuerzos, ese que la gente ignora, acompañado de nada, rodeado de lo que no se necesita, falsa podredumbre ser cómplice de lo que tanto ha carcomido mi naturaleza.

Expongo mi naturaleza en busca de interés, ese interés que escapa por las ventanas deslumbrado por la desidia, por lo que la moda establece; ruptura de atención, presencia sin conciencia; vanalidad basada en la mediocridad.

Llego al final de la jornada arrastrando pocos peces después de tantas horas de paciencia, resistiendo tormentas sin más salvación que la jurisprudencia escueta de la racionalidad promedio. Me consuela un suspiro profundo de haber logrado por supervivencia propia lo que cada día para un Maestro es más complicado, sobrevivir a la inconsciencia generalizada.

Impotente no por no poder, sino por no deber. No somos libres, pero si responsables, duro contraste que lacera todo principio evolutivo.