Educar en libertad

 

La transición democrática no fue acompañada, como podía haberse esperado, de una reforma educativa que reconfigurara los mecanismos de socialización política —una reorientación de la educación pública con el fin específico de formar ciudadanos democráticos.

Es verdad que en los años posteriores a 1968 (década de los 70) se produjo en México de manera espontánea (y evidentemente por efecto histórico de la protesta estudiantil) una proliferación de “escuelas activas” de carácter privado.

Fue un fenómeno de clase media y afectó por igual a la capital y a las grandes ciudades. La orientación teórico-pedagógica de estas escuelas fue diversa; se inspiraron por igual en Montessori, Piaget, Freinet, Freire, Pestalozzzi, Froebel o Dewey. El eje ordenador de esta moda educativa fue el antiautoritarismo pedagógico: la idea era formar a los niños en un ambiente distinto al ambiente autoritario y opresivo en que habían crecido sus padres. Ese espíritu antiautoritario plasmó, a veces en versiones dogmáticas al extremo que algunos maestros se rehusaban a sancionar a sus alumnos incluso cuando incurrían en conductas en extremo revoltosas o malcriadas. El axioma era “no reprimir nunca al niño”. Este curioso fenómeno educativo se reprodujo en los propios hogares de los niños en donde los padres buscaron ponerse en sintonía con la escuela y comenzaron a adoptar actitudes tolerantes y no represivas ante los pequeños. Ocurría a veces que, cuando en casa se recibían visitas, los visitantes descubrían con asombro que los críos de casa actuaban como energúmenos, se golpeaban, saltaban, corrían y lanzaban gritos salvajes sin recibir censura alguna. A veces ocurría que el visitante cometía la imprudencia de llamar la atención de los mocosos. De inmediato recibía un reproche enfático de los progenitores:

—No seas autoritario, amigo, hay que dejar a los niños en libertad. ¿Te crees Días Ordaz o qué?

Estos afanes   antiautoritarios también se vivieron en la Universidad en los años siguientes a 1968. Hubo estudiantes que pidieron acabar con la estructura de poder autoritaria de la UNAM y exigieron la desaparición de la Junta de Gobierno y la creación de un co-gobierno de tal forma que la universidad fuese gobernada en plano de igualdad por maestros y estudiantes. En la facultad de Economía se creó una comisión mixta de maestros y alumnos que gobernó la institución durante algún tiempo, no sin tropezar con innumerables problemas. En la facultad de Psicología una asamblea de estudiantes resolvió, mediante votación, expulsar de las aulas a los psicólogos conductistas a quienes acusaban de “servir a los intereses de la burguesía”. En Arquitectura se creó un “autogobierno” que, al menos por un tiempo, funcionó, al parecer, muy bien. En el CCH hubo quienes por el poder que tenían los maestros sobre los programas de estudio y exigieron que se “democratizara” la forma de calificar a los alumnos. En esos mismos años la obra de Summerhill. Un punto de vista radical sobre la educación de los niños publicada por el Fondo de Cultura Económica se convirtió en best-seller y vendió decenas de miles de ejemplares. Ese movimiento antiautoritario, sin embargo, no perduró, se desvaneció con el paso del tiempo.  Fue sueño de un día.

Fue publicado en Campus Milenio